vendredi, janvier 27, 2006

Encuentro en el Jardín Botánico


Estaba de pie frente al reloj de agua del Jardín Botánico de la Ciudad del Viento. Un apacible viento cálido, proveniente del oeste, comenzaba a soplar. El pato de alas grises realizaba ejercicios de estiramiento, mientras dos presuntuosos cisnes mantenían la mirada fija en dos personajes que dudaban si tirarles migas de pan, o una piedra. Algo más alejada, una bandada de palomas, caminaba en círculos, esperando el momento más propicio para robar un codiciado hueco bajo los arbustos, a los patos que descansaban.


Zephyros contemplaba la escena desde el mismo centro del Jardín Botánico. Era un hombre joven, alto y apuesto... Con alas de mariposa en la espalda. Al menos en su forma primaria. Hace unos años, había cambiado esas alas por unas enormes y blancas de ángel, a raíz de un comentario somnoliento de una niña, a la que había ayudado a cuidar de una pequeña flor congelada que se había encontrado en la basura de su portal.


No tenía barba que le hiciera parecer más mayor, su rostro era limpio y suave. Solía ir semidesnudo y descalzo. Únicamente se cubría con un manto que sostiene entre sus manos, en el cual lleva una gran cantidad de flores, y desde el que dejaba caer su magia primaveral, haciendo crecer flores en sitios insólitos, y embelleciendo los árboles con nuevas hojas de vivos colores.


Lógicamente nadie lo veía, ya que Zephyros era un dios, el dios del viento del oeste. El encargado de traer la primavera, y de alegrar los corazones de aquellas almas solitarias que buscaban la tranquilidad de su espíritu en la naturaleza. Algunas veces, Zephyros gastaba bromas y alborotaba en la estación otoñal, aunque lo hacía a escondidas, sin que los Mayores se enteraran.

Comenzaba el otoño en la Ciudad del Viento. La hierba comenzaba a amarillear, los árboles se vestían con sus impermeables de colores marrones y verdes oscuro, mientras se despojaban de sus hojas, a las que soltaban suavemente entre las ráfagas apacibles del viento de Zephyros.


A ella le gustaba ir a pasear al Jardín Botánico. Le fascinaban la altura de los árboles, y la rebeldía de algunas ramas, que parecían ser manos con los dedos extendidos hacia el cielo, así como la fortaleza que parecían tener desde el nacimiento de sus troncos. Le cautivaba pensar en cómo habían ido creciendo y cuantas personas se habían acercado a ellos, a acariciarlos y a sentir sus cortezas en sus manos. En las tardes de otoño, se sentaba en uno de los bancos, cerraba los ojos y trataba de sentir los últimos rayos de sol, que jugaban al escondite con el viento benévolo.

Le suele gustar buscar un significado concreto o una historia única a cada ráfaga que le alborota el pelo, en cada soplido que se cuela entre las páginas de su libro, o en cada destello que se escapa entre las palabras de una conversación, cuando está acompañada.


Esa tarde, de pie, su mirada se posó sobre el amplio reloj de agua. Los cazos de agua iban, segundo a segundo, arrastrando la aguja del reloj, que a su vez, empujaba la pata de una desdichada paloma, que se había posado allí. Ella se sonrío, y esperó a ver el tiempo que tardaba la infeliz plumífera en escapar del tiempo. ¿Qué curioso le parecía el tiempo en aquella época! Últimamente no hacían más que salirle al paso sincronismos, como señales lanzadas por alguien interesado en que encontrara de una vez su camino. Le hacía gracia encontrarles significados, que dependiendo de su estado de ánimo, o incluso del día que saliera, iban en direcciones distintas.


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1 Comments:

Blogger dragonfly said...

Esta mañana, en el retiro, he hecho unas fotos muy curiosas a los patos... Y me he acordado del cisne de la ciudad del viento
Besotes guapa

10:34 PM  

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