samedi, janvier 28, 2006

La metáfora de la vida


La paloma desplegó sus alas, y se aupó al borde inmediatamente superior del reloj, donde otras tres palomas estaban posadas, mirando -como hacíamos con ellas- a los humanos que se apoyaban en la valla de madera. Tan sólo habían pasado unos segundos.

La brisa soplaba, moviendo las tardías hojas del suelo, y bastaba con prestar un poco de atención para entender algunas palabras que se le escapaban a Zephyros. ¡Cuántas veces ella se había quejado del viento en aquella ciudad! Le había puesto mil sobrenombres, desde el viento que vuelve loco hasta el viento que hace envejecer... Pero allí, parecía que el tiempo se hubiera parado, y que el viento cálido únicamente soplara para ella, para hacerle entender que también podía ser bueno.

Fue caminando por el Jardín, siguiendo las flechas turísticas, y leyendo las placas de los nombres de los distintos árboles. Estratégicamente, se habían instalado algunos bancos que, tanto a la derecha, como a la izquierda, invitaban con sus brillantes colores a sentarse. Y eso hizo. Se sentó justo enfrente de las cuatro o cinco clases de palmeras que se habían plantado. Por detrás, un pequeño riachuelo acompañaba la imagen, acercando al aire el rumor de sus aguas.

Zephyros estaba sentado encima de la palmera canaria, la “Phoenix canariensis”, a unos quince metros de altura, y acariciando las abundantes hojas que caían sobre el tronco en forma de rombos achatados. Una de sus aventuras consistía en haber velado todo el proceso de transplante de las Islas Afortunadas hacia la Ciudad del Viento. Le había cogido un cariño especial a esa planta, y desde ella, podía contemplar no sólo la gente y plantas del Jardín Botánico, sino también todos los demás árboles del parque de alrededor. Él también se sonrió. Con su cálido viento había atraído a esa muchacha hasta ese banco. Y ahora que la podía observar mejor...

Zephyros notaba la curiosidad de la chica en todo aquello que la rodeaba, y decidió gastarle una broma. Sopló con tibieza hacia una matita de hierba que estaba justo a los pies de ella, haciendo brotar una pequeña flor. Tímida, y con pocos pétalos, se alzó desde el suelo, y balanceándose suavemente, alcanzó unos de los pocos rayos de sol que todavía surcaban el cielo. Ella agachó la mirada y al verla se quedó embelesada. ¿Con lo observadora que era, como podía ser que aquella frágil flor se le hubiera escapado de su vista? Nunca dejaría de fascinarle la naturaleza y la fuerza de algunas plantas en querer nacer aún cuando comienza una de las estaciones más duras del año. Acarició uno de los pétalos, que sedosos, parecían agacharse como en reverencias, por la delicadeza de trato de la mujer. Poco a poco, sintió como el viento jugueteaba con su melena, como si fuera un gatito recién nacido enredado en un ovillo de lana. Palabras llegaban susurradas desde lo alto de la palmera. Primero llegaban suavemente, como si no tuvieran nada que ver con ella, y fueran sonidos de la naturaleza, que pasaban por allí. A continuación, riachuelos de sentidos corrían hacia ella, atravesando todo el Jardín Botánico, la mirada perduraba en las grandes hojas de las palmeras que tenía frente a ella, y antes de que pudiera hacer cualquier gesto, una paloma se acercó volando a ras del camino, quedándose parada a tan sólo unos pasos de ella. Una risa entre curiosa y tímida comenzó a sonar. La paloma se sentó sobre el suelo a la vez que una hoja de la palmera central cayó hasta el suelo, y como si se tratara de una escalinata, una persona desconocida bajó por ella.

Abrió la boca con sorpresa, pero sin asustarse. Aquella tarde, todo lo que ocurría parecía ser mágico. Esperó sentada a que el hombre con el torso desnudo hablara.

- ¿No te vas? Le preguntó Zephyros.

- Estaba yo aquí primero, le contestó con altanería.

- Buena respuesta.

- Gracias, agradeció ella, mientras bajaba la mirada.

- No te sonrojes, me ha gustado tu paseo, he estado observándote. E intuyo que mi historia te gustará. Déjame contártela, y después, si quieres me haces todas las preguntas que quieras.

- Está bien.

Zephyros sonrió, ella no parecía darse cuenta que era la única persona en todo el lugar que era capaz de verlo. Hizo aparecer una chaqueta de la nada, y tras ponérsela, se sentó junto a ella. La observó lentamente, examinando cada detalle de su rostro. Cuando tuvo una imagen fiable de ella, cerró los ojos, y comenzó a hablar.

Hace mucho tiempo, yo era la persona encargada de cuidar todos estos jardines, sus plantas y árboles. Además, mantenía una floristería, que traía flores de todas partes del mundo. También era bien conocido por saber hablarles y mantenerlas en su mejor momento, no había planta que no resistiera al peor invierno, ni que no creciera todo lo máximo gracias a los cuidados que tanto mi ayudante Cloris, como yo mismo les ofrecíamos.

Pero una mañana, cuando la aurora comenzaba a alumbrar todos mis terrenos, alguien dejó bajo mi puerta una nota. Tan solo cuatro palabras aparecían mecanografiadas: “te quiero a morir”. No la entendí y tampoco busqué una explicación razonable a aquella nota. Pensé que tal vez, alguien había querido gastarme una broma, o que, incluso, nada tenía que ver conmigo. Y sin más, seguí la rutina de mi día a día.

Al llegar a la floristería, otro detalle apareció en ese día extraño. Cloris me dijo que habían llamado por teléfono, y que necesitaban mi ayuda urgentemente en el Jardín Botánico. Era extraño, ya que la tarde anterior había estado cuidando de las nuevas especies que nos habían llegado de las Islas Afortunadas, y lo había dejado todo en buen estado. Al llegar, una niña tenía en sus manos una pequeña planta congelada que había encontrado en la basura. Muchas de las hojas habían desaparecido, y las pocas que le quedaban estaban rotas y arañadas. Me recordó a tantos y tantos corazones que había tratado de arreglar con mis hermosos ramos de flores, que no pude resistir la tentación de llevarme a la niña y su plantita a mi tienda. Allí, sentí como un calor poderoso invadía mis manos, y al acercarlas a la planta, pude comprobar como la fe de la niña, y la necesidad de la plantita por sobrevivir se unían, y hacían renacer los tallos verdes y las hojas malheridas.

En este momento, Zephyros abrió los ojos, y observó como una lágrima caía rodando por la mejilla de su acompañante.

-Entiendo que has comprendido la metáfora. Cuida bien de tu propia planta, riégala, mímala, y cree en ella.

Zephyros desplegó sus alas, que mantenía ocultas, y tras volver la mirada a la mujer sentada en el banco, se hizo invisible. Ella se levantó y se acercó al estanque. Los cazos de agua seguían contando los segundos.

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1 Comments:

Blogger dragonfly said...

como se pone un logo (imagen de cabecera????? en que parte de la plantilla?
gracias!

10:36 PM  

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