vendredi, novembre 21, 2008

Micaela


La mujer de la mirada fugaz recorría la calle, con dos bolsas de la compra en cada mano. Caminaba a paso lento, cuidando que las bolsas no tropezaran con sus piernas. Debía estar mascullando algo entre dientes, ya que a medida que me iba acercando a ella, la veía mover los labios, como si estuviera hablando con alguien.

Al pasar por su lado, me sonrió, y justo antes de que yo pudiera adelantar el paso, para poder cruzar la calle, alzó su voz, y me preguntó la hora.

Me paré, subí la manga del abrigo, y consulté el reloj.
-“Pasan cinco minutos de las once”.
-“Muchas gracias”, me contestó. Y siguió avanzando por la calle, con el mismo cuidado que antes.

El semáforo acababa de cambiarse al rojo, y con curiosidad, giré la cabeza, para ver hacia donde se dirigía la mujer.
Cuál fue mi sorpresa, al ver, que ella se había parado unos pasos más adelante, y también me estaba mirando. Hizo un gesto con la cabeza, como si quisiera que me acercara, y creo que lo hice.

Cuando me acerqué, me preguntó el nombre. Ella se presentó como Micaela. Había comprado unas cosas que se necesitaban en el Hogar de los Ancianos, y como ella, todavía podía moverse y ayudar a la gente, se había ofrecido voluntaria. Me alcanzó un par de bolsas de la compra, y continuó caminando.

El Hogar de los Ancianos era un edificio de cuatro plantas, donde enfermeras y voluntarios ayudaban con su tiempo y saber hacer a gente, que ya no podía valerse por sí misma, o, que en su defecto, no contaba con medios familiares, o económicos. Se realizaba una labor semejante a los centros de día, salvo que allí, la gente se ayudaba entre ella. Recibían el mismo cariño que ofrecían, y se sentían cómodos... Y útiles.

Micaela subió los tres escalones, y desde arriba, me invitó a entrar.

-“Ven, entra, que te voy a presentar a algunos amigos.

La seguí. ¿Que otra cosa podía hacer? Tenía aún las dos bolsas de la compra en mis manos, y lo poco que me había contado, me había dejado con ganas de conocer ese lugar.

Micaela se dirigió directamente a la cocina, allí, dos mujeres de unos cuarenta años, estaban preparando la comida del mediodía. Saludaron a Micaela, le contaron una de las anécdotas que debía haber ocurrido durante la mañana. Al verme una de ellas, debajo del dintel de la puerta, se acercó a mí, me cogió las bolsas y me ofreció una silla.

-“Te apetece un café? No será como el de la mejor cafetería de la ciudad, pero al menos está caliente, y con el frío que hace últimamente...

Asentí con la cabeza, mientras comenzaba a desabrocharme el abrigo. Micaela, aún de pie, estaba buscando unas galletas en una de las alacenas, y en cuanto las tuvo, me las acercó.
Les comenzó a explicar a sus compañeras, como me había encontrado en la calle. La amabilidad que había tenido al decirle la hora, y sobre todo, al acompañarla al Centro.

Y allí, sentada en la silla de la cocina, con un café aguado, pero caliente, y con el olor de los potajes de verduras que estaban preparando, Micaela me contó parte de su historia.

Micaela era viuda desde hacía algo más de 20 años. Su único marido había sido todo lo que ella había querido y deseado en su vida, pero una enfermedad terminal se lo había arrebatado de su lado, cuando su hijo, apenas contaba con 10 años de edad. Desde muy joven, le había inculcado las reglas de respeto y atención, de las que hoy, ella seguía haciendo gala.

No entendía como la mayoría de la gente de hoy en día, podía ser tan poco considerada hacia los demás. Ella siempre había dejado pasar a la gente mayor en el autobús, por ejemplo. O había ayudado con las bolsas de la compra. Cuando su marido vivía, siempre iba cogida de su brazo, por la parte interior de la acera. E incluso, esperaba que le abrieran la puerta de los sitios donde iban, para poder entrar, como una buena señora que era.

Hablaba invariablemente despacio, sin alzar la voz más de lo debido, y esperaba de los demás, el mismo comportamiento. Pero los tiempos habían cambiado.

Cuando salía con sus amigas por la ciudad, que iban de compras a los grandes centros comerciales, llenos de gente, o bien a tomar un café con leche para hablar de sus cosas, siempre le asombraba la costumbre de la gente de no ayudarse entre ellos. Parecía que sólo existieran ellos, en su mundo particular.

Entre risas, me contó cuando una amiga suya había conocido a un hombre.

-“Ya no son lo que eran. Y mira, que trato de encontrar a alguien, que me acompañe en mi soledad, pero ya no son... Caballeros.

Sus palabras se quedaron grabadas en mi cabeza. Y hoy en día, no sólo no me acerco siempre que puedo a aquel Hogar de los Ancianos, para ayudar a la gente que lo necesite, sino que también comparto las ideas de Micaela, de crear un mundo mejor y respetuoso cada día.

Su sonrisa me ha acompañado a lo largo de estos años, y espero que lo siga haciendo durante muchos más.

P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 23 de diciembre de 2004.

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2 Comments:

Blogger dragonfly said...

Todavía quedan caballeros ... aunque no muchos

:)

besos y abrazos

Me encanta que todo esté en frances en este blog:)

1:59 PM  
Blogger Derrotado said...

Justo cuando estaba acabando de comentar eran las 3 de la tarde y como no tengo intención de regalar un minuto de mi tiempo a la empresa, apagué el ordenador y me fui para casa. Así que no me salió un comentario demasiado elaborado.

Lo que más me gusta de tus relatos, es, como tomas un detalle simple, cotidiano, como punto de partida de la historia :)

4:08 PM  

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