mardi, juillet 22, 2008

Ensueño de ángeles


De la noche a la mañana, su vida dio un giro relativo. Recordaba que el reloj digital de su mesilla, marcaba las once y media de la noche cuando decidió cerrar los ojos, recordaba su último monólogo, pegada a la almohada de plumas, preguntándose los porqués, mientras escuchaba en sus pausas, la respiración tranquila y continuada de ella.
Apenas sí tuvo tiempo para abrir los ojos, llorar y buscar consuelo. Allí donde esperaba que alguien la ayudara, no había más que la nada, infinita y vacía. O tal vez sí había algo... O alguien.

Se levantó en silencio de la cama. Su cuerpo ajeno a sus pensamientos permaneció tendido. Se sentía libre. Frágil. Etérea. En el sillón orejero de la esquina de la habitación, estaba él. Se presentó como Lucas. Su ángel guardián. Su próxima guía. Hablaba entre susurros, en una melodía de sonidos rítmicos que se encadenaban con una sonrisa alentadora.

-“Es hora de despedirse.” Le dijo.

Ella contempló su alrededor. Creía conocer que no tendría mucho tiempo. Siempre había sido así en las películas y en los libros. ¿Porqué habría de cambiar con ella? Su pequeña obra de arte permanecía sosegada en la cuna, con los ojos abiertos de par en par. No sabía muy bien como despedirse, no entendía tampoco como podría dejar de sentir a su pequeña, de escucharla llorar cuando tuviera hambre, o de verla reír cuando se bañara. No quería saber que se perdería toda su infancia, sus primeros pasos, sus primeras amistades de guardería. Ya no la tendría a ella para crecer.
Apoyó sus manos en el reborde de la cuna. Ella le sonreía, parecía verla y sentirla, como si nada hubiera cambiado.

-“Seguiré velando tu sueño, noche tras noche. Te susurraré canciones de cuna, siempre que no puedas dormir. Te soplaré vientos cálidos en los ojos, para que cuando estén cansados de tanto llorar, puedan cerrarse despacio y soñar con cosas bonitas. Guardaré silencio en la mañana, cuando te mires al espejo y veas la muchachita en la que te has convertido. Cubriré con mis alas los rumores de la gente que te haga daño, para que escuches en la tranquilidad de tus pensamientos la verdad del amor. No me verás, pero me sentirás. No me alcanzarás, pero estaré próxima a ti. Te siento y te quiero.”

Lucas la atrajo hacia sí. Ella se sintió caer en un pozo profundo, mientras la pequeña cerraba los ojos. Había escuchado todo lo que su madre le había confesado en su última noche. Y lo recordaría años después, como un eco reflectante en sus sueños.

Era la hora de irse, Lucas y ella se alejaron de la habitación. Emprendieron el vuelo a través del pozo iluminado por luces blancas y brillantes, lleno de recuerdos. Mantendría la distancia con su vida terrenal durante unos días.

Pero volvió muchas noches más para velar por ella.

P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 5 de diciembre de 2005.

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