mardi, novembre 25, 2008

Sebastián


No se sabía muy bien como Sebastián había conseguido salir de aquella prisión de locos. O tal vez sí.

En cualquier caso, a la hora del paseo por los jardines, Sebastián no estaba allí. Y la cara de la chica de la lavandería tenía una extraña sonrisa...

Sebastián había ingresado en el manicomio hacia unos meses, completamente loco, según los médicos; pero muy cuerdo, según las enfermeras que lo trataban. No hacía nada extraño, no tenía ataques de locura o ansiedad, como muchos de sus compañeros. Era una persona muy tranquila, fría quizás, pero con un corazón lleno de ternura. La escasa hora que le dejaban pasear por los jardines de aquel lugar era insuficiente para él. Sus horas muertas las pasaban en la biblioteca, cogía un libro, se sentaba en la mesa de la esquina, al lado del gran ventanal, y metódicamente, cada vez que acababa una página, miraba por la ventana.

Y se podía ver en sus ojos, la tristeza de no poder estar libre, recorriendo el camino de Santiago, o riendo con los amigos, en cualquier tasca de pueblo. Algunas veces, cuando hacía buen tiempo, y que el sol iluminaba toda la estancia, se le podía ver, mover los brazos, de arriba abajo, como si fuera un pájaro. Entonces, una diminuta sonrisa aparecía por su rostro.

Por las tardes, Sebastián acudía a unas clases de terapia, que en realidad no necesitaba, pero estaba rodeado de gente de todas las edades, que compartían con él, partes de locura. Le encantaba sentarse en el corro, cruzar las piernas, y jugar con las palmas de las manos, contar historias, o simplemente, escuchar.

A pesar de estar desde hacía poco tiempo en el manicomio, era muy querido por todos, pacientes y médicos.

Nadie venía a visitarlo, nadie acudía para ver si progresaba en sus pesadillas.

Cuando debía acudir a su hora con el psiquiatra, Sebastián siempre se despedía con la siguiente frase:

Locura es la incapacidad de comunicar tus ideas.

Y a ciencia cierta, como paciente, Sebastián era ejemplar. Sabía que le ocurría, sabía que no estaba loco, y se esforzaba por dar a conocer sus síntomas. Su locura radicaba en aquellos ataques de pánico, que en numerosas ocasiones, le habían hecho perder la cabeza. Decía que La sociedad en la que hoy vivimos, se ha convertido en un lugar amenazante para mí, para la mayoría de las personas, donde reina la inseguridad, el miedo, y el aislamiento; no existen ya esos vínculos afectivo-emocionales que los seres humanos necesitamos para vivir.

Sebastián se encontraba solo e indefenso ante la sociedad. Sin embargo seguía queriendo probarse a sí mismo, quería salir al exterior, y comprobar que estaba equivocado, quería saber, necesitaba saber que estaba equivocado, y que aún, había gente que podía tender una mano, a quien lo pudiera necesitar.

Y aquella mañana, con la ayuda de la chica de la lavandería, consiguió salir a la calle.

Caminó por calles que sólo había visto en sueños, vio gente extraña con actitudes extrañas, parecían aquellos hombres grises, que Michael Ende describía tan bien en Momo.

Ni siquiera los árboles mantenían aquel verde esperanza de los tiempos de antes, ni se escuchaban los pájaros trinar, sólo se veía gente con prisa, caminando como autómatas, con la mirada clavada en el suelo.

Llegó al cruce maldito. Al cruce donde le dio aquel ataque, y que determinó su entrada en el manicomio.

Comenzó a cruzar, notaba como su corazón comenzaba a latir más y más fuerte, los sudores fríos comenzaban a recorrer su cuerpo. Parecía que había vuelto de nuevo a la otra realidad, aquella que explicaba a su psiquiatra. Sebastián se sentía morir. Se paró en mitad del cruce de peatones.
Cerró los ojos, abrió los brazos...
Y gritó.

La gente desapareció, los coches desaparecieron, los ruidos, olores y luces desaparecieron. Por un momento, se sintió libre. Por un segundo, volvía a creer en sí mismo.

Poco a poco, la luz volvía a asomar a sus ojos, la gente aparecía de entre las sombras, lo miraban como si estuviera loco. Pero ¿lo estaba realmente?

Se giró sobre sí mismo, y emprendió el viaje de regreso a su cárcel de papel.

P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 28 de octubre de 2004.

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