mardi, février 21, 2006

La batalla de Melito


Aprendí a jugar al ajedrez gracias a mi abuelo. Éste me esperaba siempre, a la salida de las clases, en casa, frente a la ventana. Recuerdo que siempre que llegaba, y lo veía en el reflejo, tenía la cabeza baja, mirando a un tablero cuadriculado de 64 casillas. Nunca me daba un beso, ni me abrazaba. Se limitaba a preguntar, sin mirar, que tal me había ido el colegio, me decía que tenía la merienda en la cocina, y que cuando acabara los deberes, podía sentarme frente a él.

Ese era el mejor momento de todo el día. Me subía al enorme sillón de cuero marrón, tras poner un par de cojines para estar más alto, y en cuanto apoyaba las manos a ambos lados de la mesita, mi abuelo Melito levantaba la vista del tablero, y me sonreía.

-“¿Ya estás aquí?

Era como una especie de código que teníamos entre nosotros. A partir de ese momento, mi abuelo comenzaba a contarme las batallas entre reyes y caballeros que poblaban su partida de ajedrez. Imagínense a un niño de unos nueve o diez años, no recuerdo muy bien, contemplando un tablero de ajedrez, con un montón de personajes tirados a ambos lados del mismo, y sólo unas seis o siete figuras dominando todo el panel. Melito se inventaba enseguida cualquier situación estratégica, comentaba el porqué la reina podía estar en peligro, y cómo su peón favorito había caído a los pocos minutos de empezar la batalla. Las mejillas de mi abuelo cobraban vida, se enrojecían y brillaban; su voz, otrora débil y cansada, retomaba el vigor de su juventud; sus manos pequeñas y arrugadas, parecían tener más fuerza que nunca, cada vez que derribaban una pieza enemiga... ¡Y su imaginación! Melito consiguió enseñarme las reglas del ajedrez gracias a las historias que contaba, los movimientos en ele que efectuaba el caballo se debían a la montura, que la noche anterior, seguramente estuvo bebiendo hasta altas horas de la noche, y las torres eran tan altas, para que no llegaran los pobres peones con sus flechas. Mi abuelo conseguía llevarme a los países árabes con sus palabras, me enseñaba a manejar la espada del rey, fuerte y pesada, y a no caerme del caballo, a jurarle honestidad a los peones, y nunca mirar por encima del hombro a aquellas pequeñas piezas, blancas o negras, que con sus primeros pasos, las avanzadillas en las batallas, lograban dejar la balanza de su lado, y conseguir hacer un jaque mate.

Algunas noches, me iba a la cama y soñaba acerca de la partida de ajedrez que habíamos tenido por la tarde, mi abuelo Melito y yo. Soñaba jugadores de rostros vagamente conocidos, que se encontraban en un lugar muy grande, lleno de arena, y palmeras a lo lejos, y que de vez en cuando, se asemejaba al patio donde mi padre aparcaba el coche. Las ropas y olores de los personajes que circulaban por mi sueño eran también diferentes, ropas antiguas, llenas de polvo, como si fueran grandes mantas sobre una persona, de llamativos colores algunas, y con pañuelos sobre las cabezas. Y sus olores eran amargos y fuertes, olían a la vez a naranjas y a vino.

Y me veía a mí, reflejado en un oasis, vestido de manera similar, con una espada atada al cinto, y con un hermoso caballo de largas crines negras que bebía agua, a sólo unos pasos de mí. Y una trompeta avisaba del comienzo de la batalla, alguien muy parecido a mi abuelo me cogía del brazo, y me advertía de los peligros que podían venir. Luego él se iba, arrastrando una larga manta roja hacia el final de todos los hombres, y lo veía, al lado de una mujer de belleza extrema, mirar hacia el frente, y sonreír.

1 Comments:

Blogger dragonfly said...

Es una historia muy entrañable, parece más un recuerdo que un relato....

pd, ya que citas a un caballo..

http://www.flickr.com/photos/jlmaral/65883255/

8:45 PM  

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