vendredi, février 24, 2006

La respuesta de Don Nicolás


Ayer retomé las clases de danza clásica en la academia del Casco Antiguo de la ciudad. Los nervios por pensar que hacía un año que no pisaba la Escuela y que habría perdido toda flexibilidad, se evaporaron al entrar allí. El ambiente de optimismo y buena compañía ocupaba todo el espacio, desde el pasillo de entrada, hasta el vestuario. Tras las dos horas de clase y variaciones, cambié el maillot por el jersey y salí a la calle.

Cerca de allí queda la Tienda de Hilos de Don Nicolás. Al mismo tiempo que había dejado de bailar, había roto mis costumbres de acercarme por el Casco, y por ende, hacía el mismo tiempo que no visitaba a mi querido Don Nicolás. Las cosas habían cambiado mucho en ese tiempo, destinos cruzados, como ovillos de lana de varios colores entremezclados en la misma gaveta, cambios de rumbo como el tapiz de la marioneta que no se deja domar...

Nada más entrar, Shostakovich sonó. Lo reconocí enseguida. Los grandes saltos y chainés del final de la clase de danza habían seguido los compases a ocho de ese vals, diagonal tras diagonal, y yo había conseguido dar lo mejor que podía de mí misma en esos momentos. Es cierto que acabé ruborizada del esfuerzo, pero la sonrisa que me dejó la clase es única.

Observé los estantes de hilos de todos los colores, los ovillos estaban perfectamente bien colocados a lo largo del mostrador. Apenas nada había cambiado. Todo tenía su orden en aquella tienda. La mesita donde Don Nicolás me invitaba a sentarme cuando iba a verle seguía allí, y sentado, sonriéndome estaba él.

Estaba un poco más viejito, creo que tenía más canas que la última vez que lo vi, pero seguía irradiando ese aura de tranquilidad y confianza que me atraía siempre a contarle como me encontraba.

-“Se te nota feliz.”
-“Sí, la música, la tienda, el baile... Me traen muy buenos recuerdos.
-“Ya sabes que yo siempre estoy aquí. Hace... Un año que no vienes por aquí.”

No lo dijo con tono de reproche, parecía preocupado, como cuando un padre quiere lo mejor para su hijo, y pasa tiempo sin saber de él. Le agradecí el gesto.

Don Nicolás se levantó, y cogió un ovillo de lana. Era de un color amarillo sucio, como la mostaza francesa. Sólo un ovillo. Sólo un color.

-“Toma, -me dijo mientras me tendía el ovillo-, mira a ver si consigues encontrarme el inicio del hilo, mientras voy a poner la cafetera. ¿O prefieres un té?
-“Mejor un té, Don Nicolás, que vengo de hacer deporte.”
-“Muy bien.

Le estuve dando vueltas y más vueltas al ovillo. No conseguía encontrar ese hilo que conseguiría desenredar la madeja de lana. Hurgué por los pequeños huecos por los que me dejaba entrar la aterciopelada cuerda, estiré algunas hebras con el fin de conseguir el propósito de Don Nicolás, pero no encontré la manera.

Él volvió, dejó la tetera sobre la mesa, un par de tazas con sus platitos, y se sentó. Le expliqué que no podía, pero me contestó que siguiera intentándolo, que todo ovillo tiene su hilo inicial.

Le miré detenidamente, mientras él vertía el agua en las tazas. Aunque él tuviera la mirada concentrada en no derramar el líquido, sé que me había dado ese ovillo con una intención, y que tendría que conseguir encontrar ese hilo para poder continuar la conversación.

Dejé de tocar el ovillo, estaba obcecada tratando de hallar lo que me había pedido Don Nicolás, pero debía conseguir abstraerme, como tantas veces me había recomendado él, y encontrar el hilo de otra manera. Estudié el ovillo, lo giré, le hablé. Y tras unos segundos de seguir un hilo que me parecía adecuado, estiré, y lo encontré.

Don Nicolás, que había estado observándome durante todo el rato, sonrió y me dijo que no había tardado tanto tiempo en encontralo.

-“Pensaba que estarías más desentrenada, preciosa.
-“Yo también, pero me acordé de sus consejos.” Le contesté mientras tomaba un sorbo de té."

-“Lo único que me parece raro, Don Nicolás, es que las veces que he venido, siempre me ha dejado dos o más ovillos de lana sobre el mostrador. Ésta vez, sólo uno.
-“Chica observadora... Sí, uno sólo. Creo que con uno hay suficiente para explicar tus dudas.
-“¿Mis dudas?

-“Cuando has entrado, estabas sonrojada de la felicidad, lucías una gran sonrisa que te hacía elevarte aún más que de costumbre, pero también mantenías una mirada triste, como si no todo estuviera perfecto, como si hubiera algo que no estuviera todavía en su sitio... ¿Me equivoco, querida niña?
-“Nunca se equivoca, pero me costaría encontrar ese detalle que usted ve tan claramente.

-“Al salir de clase, pensaste en que te gustaría tener a alguien al lado para contarle lo bien que te sentiste. Y seguro que llamaste a tus amigos y les contaste como había ido. Les alegraste con tu propia alegría, pero a ti te faltó una pequeña cosa. Hacia fuera estabas feliz, y pensando que todo estaba en su sitio, que el orden de tu vida retomaba el buen camino, como cuando coloco en las estanterías los ovillos de sus colores correspondientes, y sé que ese es el orden natural de los ovillos en la tienda. Pensaste en todo lo que te había acontecido estos últimos tiempos, y que ahora, volverías a tu pequeña rutina feliz, y que dentro de un tiempo, al fluir de las cosas, todo iría saliendo a tu paso, para tu bien, o no, pero con tranquilidad. Y eso, querida niña, viniendo de ti, me sorprende.

Le miré con asombro, parecía leer dentro de mí, como si yo fuera los posos del té, y él, una pitonisa que se dedicara a asustar a la clientela.

-“Las cosas fluyen, sí, eso ya lo sabes, pero también hay que hacer cosas y elegir destinos y rumbos, para que todo siga fluyendo. Si no hubieras decidido ir a Danza, seguramente no hubieras venido a la Tienda de Hilos. Si no hubieras venido a verme, tampoco habrías pensado en lo que te entristece. Y así, seguiríamos concatenando ideas y pensamientos, hasta que al final, te decidieras por hacer algo, como ir a clase de Danza. Y vuelta al principio...
-“Si, pero...
-“No, no, nada de peros. Te he dejado un solo ovillo porque es el que traza tu propio destino. Primero debes encontrarte a ti misma, encontrar el hilo inicial, y a partir de él, seguirlo, girar alrededor del ovillo, cruzar por dentro del mismo, o juntarte con otro ovillo y formar un jersey. Eso ya no depende de mí, ni siquiera de ti.
-“¿Y el color amarillo sucio, Don Nicolás?
-“Este color me recuerda a la mostaza, que es picante y dulce a la vez. No sabrías definir cuando estás tomando mostaza, si te vas a quedar con un gusto dulce, o no... Como la vida misma.

Don Nicolás calló. Me miró detenidamente. Sabía que estaba meditando sus palabras, y que me costaría asimilar algunas de ellas. Metió la mano en el bolsillo, y sacó una chocolatina.

-“¿No habrás pensado que me olvidé de tu chocolate, verdad? Además, necesitas un poco de azúcar. Sólo te pido una cosa, Shostakovich suena muy bien, no me dejes demasiado tiempo sin poderlo escuchar, y sobre todo, sin verte.
-“Buen camino de regreso, querida niña.
-“Hasta luego, Don Nicolás.”

3 Comments:

Blogger dragonfly said...

Ahora todo vuelve a estar en su sitio ¿verdad? Venga, que solo queda una semana!!
1 abrazo

8:46 AM  
Blogger Bergeronnette said...

Sí!!! Eso parece, sólo me queda una semana, para volver a la isla, y ya quedan menos meses para irme a vivir definitivamente. Argh!! que nervios!
Buenos días!

8:50 AM  
Blogger dragonfly said...

:D
Me alegro un montón por ti...
Espero que todo te vaya bien en las islas....
1 abrazote muy gordo

9:20 PM  

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