mercredi, mars 08, 2006

Lápices, inspiración y tiempo


Le llamaban Don Manuel. Era uno de los vecinos más conocidos de aquel distrito. Ahora, con casi 80 años, era un hombre reconocido no sólo en su ciudad natal, sino también en todo el país. Don Manuel era un escritor de éxito, aunque sus principios no fueron demasiados sonados.

Sus comienzos como escritor fueron más bien tristes. Escribía relatos cortos, de pocas páginas, ideas buenas, pero mal encadenadas, los editores le decían que ya le llamarían. Estuvo a punto de dar marcha atrás en su idea de ser escritor.

Pero entonces, llegó a esa papelería. Entró por curiosidad, los globos de colores del escaparate, y los numerosos cuadernos de hojas blancas parecían llamar a las personas que por allí paseaban.

-“En que puedo ayudarle, joven?”, le preguntó el dueño de la papelería.
-“Necesito un par de cuadernos, sin líneas dibujadas. Y dos lápices, uno de punta fina, y otro de punta normal.”, le contestó, por aquel entonces, Manuel.
-“Lo necesita para escribir o dibujar?
-“Para escribir, la última oportunidad que me doy.
-“La última oportunidad? Entonces tengo lo que necesita.

El vendedor de la papelería cogió con cuidado un lápiz de su mostrador. Lo envolvió en un papel marrón, y lo metió en una bolsa junto a las demás cosas.

-“Le traerá suerte, le traerá suerte.”, repitió el dueño de la papelería, mientras Manuel salía de la tienda.

Y suerte no sé si tuvo, pero sí inspiración.

A partir del día que empezó a utilizar ese lápiz, sus relatos comenzaron a tomar forma, las ideas que anteriormente le salían sin organización alguna, parecían adueñarse del papel, y las manos de Don Manuel, no hacían más que escribir compulsivamente, siguiendo los latidos de sus pensamientos.

Los editores comenzaron a confiar en él, ese mismo año, ya tenía publicados dos libros, y uno de ellos, consiguió batir todas las marcas de ventas del último trimestre. Manuel comenzaba a hacerse hueco en el panorama de los escritores. De los grandes escritores.

Don Manuel continuaba bosquejando sus ideas sobre el papel, día tras día, el lápiz escribía todas sus dudas, sentimientos e intrigas. Realmente, ese lápiz le trajo suerte. Cuando ya no le quedaban más que dos escasos centímetros, Don Manuel se acercó a la papelería donde lo compró hacía ya unos meses. Pero su decepción fue grande al ver cerrada la tienda.

Y sus escritos comenzaron a decaer. Ya no escribía nada coherente, sus frases eran cortas, no decían nada interesante. Los editores, preocupados, le decían que se cogiera un año sabático, que fuera en busca de su inspiración, que viajara, que conociera otras culturas, que se tomara su tiempo, y reflexionara sobre lo que quisiera escribir.

Y eso hizo, Don Manuel estuvo un año recorriendo ciudades y pueblos, entrando en todas las papelerías que encontraba a su paso, y buscando incansablemente un lapicero igual que el que ahora guardaba en su bolsillo de la camisa, llegó donde nadie nunca había llegado.

No lo encontró, y volvió derrotado a su hogar. Trató de mil maneras escribir una nueva historia, un nuevo relato, un nuevo libro, pero ya no tenía aquella magia que lo había encumbrado a lo más alto. Ya no le quedaba más que dos centímetros de lápiz. Su vida de escritor había acabado.

Y de esa guisa, derrotado y triste se fue a sentar a un banco del parque, esperando, quizás, que alguien pasara como brisa fresca, y le trajera una nueva inspiración.

Y ese alguien pasó por su lado, se le quedó mirando, y le preguntó.

-“No es usted ese señor tan importante que escribe libros?”, sonó una voz infantil a su lado.
-“Lo era, chaval, lo era.
-“Mi padre me ha contado un poco algunas de sus historias, y cuando sea mayor, quiero ser como usted.
-“Como yo? Pequeño, no sabes lo que dices. Cómo te llamas?
-“Me llamo Ramón, señor. Para servirle.
-“La única ayuda que necesitaría sería un lápiz.
-“Mire, yo vengo de coger unos lápices en la papelería de mi padre, esa nueva que hay en la esquina, la ve usted? Yo le puedo dar uno, pero no se lo diga a mi padre, que luego se enfada conmigo, y dice que pierdo todos los lápices.
-“Normal, hijo, normal.
-“Tome, le doy este, es el que menos me gusta, pero me ha dicho mi padre que escribe muy bien.

Don Manuel se quedó sorprendido, el lápiz que le había dado ese niño era idéntico al que meses atrás había escrito sus libros. Y dándoles las gracias apresuradas, se acercó a la tienda a comprar una caja entera de aquellos lápices, que tan bien le habían funcionado.

Sus libros siguieron siendo igual de buenos que los primeros, la inspiración nunca le abandonaba; y cuando lo hacía, Don Manuel sabía que volvería, nada más coger otro de los lápices de su caja.

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Años más tarde, una recién licenciada en periodismo tuvo que hacer un trabajo sobre Don Manuel, y éste le contó esta historia. Su historia de lápices, inspiración y tiempo.

3 Comments:

Blogger dragonfly said...

:D
No recuerdo hablerlo leido en el círculo anterior .... pero ¡Me encanta!!!!! Me encanta!!!

Tengo lápices (portaminas), bolis (Me encantan los pilot super grip) papel -tu libreta azul y más cosas- y un papel infinito que es el word...
Lo que no se es si me queda inspiración....

Besos y guau!

9:49 PM  
Blogger Fuzzy said...

Quizás, esa caja de lápices simbolice la autoestima, y la necesidad de creer que puede hacerlo.

En cuanto a la inspiración, no me acuerdo qué artista decía que cuando le llegara la inspiración, que le pillara trabajando.

Bonito relato.. muack.

Espero que hayas tenido un bonito finde.

besitos.

8:16 AM  
Blogger ideas said...

a veces uno necesita sentirse seguro para que la inspiracion nos visite

6:11 PM  

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