jeudi, février 16, 2006

La risa del Loco


A altas horas de la madrugada, suele escucharse por las calles de la Ciudad del Viento, la risa estruendosa del Loco. Ríe sin parar, mientras mueve sus brazos de arriba abajo, como si estuviera contando una historia divertida a alguien delante de él. Nadie recuerda el día en que comenzó a reír. Los lugareños sólo recuerdan escuchar su risa, convertida en eco por las anchas calles, al caer la noche.

Mucha gente aventuró posibles causas a la risa del Loco: el viento. Éste era sin duda alguna, el motivo más comentado en la Ciudad. ¿Porqué sino las personas que pasan mucho rato en las calles donde sopla el viento, se vuelven locas? El silbido del viento Maestro era indefinible. Cuando soplaba, la gente corría a refugiarse en los portales o en las tiendas, tapaba sus oídos con las manos, y trataba de pensar en cosas más agradables.

En efecto, el viento Maestro o, como lo conocen en otros lugares, el Mistral sopla siempre en la misma dirección, de manera uniforme. Tiene un efecto refrescante, que para los días calurosos viene bien. En la Ciudad del Viento, ha llegado incluso a condicionar el trazado urbano. Sus calles se abren en dirección al Mistral para permitir que la brisa pueda circular por toda la ciudad.

Pero el Mistral no es tan temido como su compañero de aventuras. El Mistral suele soplar durante el día, haciendo aparecer pequeñas nubes de silueta encrespada, pero algunas noches... Llega su compañero Bura, o Burín. Éste suele ser anunciado por las nubes que envuelven las cimas de las montañas. Y cuando llega, no hay nada ni nadie que no tenga que ponerse a cubierto. El Bura es un viento impredecible que sopla del noroeste, empujando desde la tierra hacia el mar. Sopla a través de ráfagas y es a la vez frío y seco, de modo que purifica la atmósfera. La visibilidad después del Bura es excelente, ya que el cielo queda limpio y soleado, pero siempre precede a fuertes vientos.

Cuando Mistral anuncia el próximo paso por la Ciudad del Viento de Bura, la gente se encorva, y corre a refugiarse. No hay bufandas que valgan, ni guantes que protejan.

Hubo una persona que trató de conocer el porqué de la risa del Loco, que quiso conocer en primera persona los motivos reales. Era un recién llegado a la Ciudad del Viento, y todavía no conocía bien, o no quería darle tanto poder a los vientos que se organizaban en aquella ciudad. Decía que las habladurías de la gente tratando de averiguar las cosas anteriores a sus experiencias u observaciones, eran erróneas. El Doctor Esteban. Así fue como se presentó ante nosotros. La llegada del Doctor Esteban perturbó a muchas de las personas de la Ciudad del viento, con sus palabras grandilocuentes, y sus teorías psicológicas, con “insights” y experimentos de monos... Pero eso será una historia que se conocerá más adelante.

El Loco aceptó la visita del Doctor Esteban. Entre risas, cogió el teléfono y habló con la secretaria.

-“Buenos días, le llamo de la consulta del Doctor Esteban. ¿Es usted el Loc... Juan Maeztu?”
-“Sí, sí, pero llámeme Loco, que no es ninguna ofensa.”
-“El Doctor Esteban está interesado en conocerlo, y escuchar su historia. Él dice que...
-“Lo imagino, él dice que me hago el loco, y que el viento no tiene nada que ver. Estaré encantado de ir a verle, y contarle mi historia.
-“Perfecto, ¿Le viene bien el próximo martes a las cinco de la tarde?
-“A la hora del té estaré allí.
-“Hasta entonces.”
-“Aaaaaadiós.”
-“¿Salud?”
-“No he estornudado.”
-“Lo siento, me había dado la impresión de que sí.”

El martes a las cinco menos un minuto de la tarde, la risa del Loco sonaba por las escaleras. Iba ascendiendo, hasta que llegó al tercer piso, en donde el Doctor Esteban tenía su consulta. Tras llamar al timbre, Juan Maeztu entró en una sala de espera. No tardó demasiado en ser atendido, apenas cuatro minutos más tarde, el propio Doctor le estrechó la mano, y le pidió que le acompañara a su despacho.

El Loco se sentó en una silla, entre carcajadas. Parecía hacerle gracia la seriedad que se reflejaba en el rostro del Doctor.

-“¿Algo va mal?”, le preguntó el Doctor.
-“Al contrario, todo está maravillosamente bien.”
-“Creo, a simple vista, que usted sufre de una patología múltiple que se deriv...
-“No, Doctor, no estoy loco, si eso es lo que usted quiere saber. Me gusta reírme, las carcajadas, o las risitas entre dientes, las explosiones o los estallidos de las risotadas. Es muy sano, Doctor. Debería probarlo. Tal vez así, su cara de preocupación deje de ser una cara poco amable. Y hasta puede que vea su vida de distinta manera.
-“Inaudito, señor Juan, ¿puede contarme el origen de su risa, para que pueda hacer su historia?”

En este punto, el Loco apoyó sus pies sobre la otra silla, y tratando de imitar los gestos serios del Doctor, y su tono de voz pedante, comenzó a hablar.

Mi historia es muy larga y extensa, su origen viene de varios años atrás, tantos que ni yo mismo los recuerdo. Tal vez si hubiera nacido aquí, entendería como son de influyentes los vientos que convergen en esta ciudad. No estoy loco, aunque no me desagrada que me llamen así. La locura es una palabra curiosa. Se nos llama locos a nosotros, los que hacemos cosas raras por gente que se cree cuerda. Pero ¿en qué punto la locura es propia de unos pocos, y no de todos? ¿Quién dice que los locos lo seamos, y los cuerdos estén cuerdos? Yo quiero avisarle que mi historia no será tan interesante desde el punto de vista psicológico que sé quiere estudiar, como desde un punto más humano, más personal.

La locura suele ser expresada como una privación de alguna parte del razonamiento. Algunos, los que llaman locos totales, son aquellas personas que no tienen nada de juicio. Otros, los locos parciales, sólo están perdidos de una parte de su razón. ¿Puede decirme, doctor Esteban, que la locura sea el reírse a carcajadas? Tal vez la verdadera locura esté en no saber reírse, en no querer reírse, por temor a un “qué dirán los demás”. ¿No es eso una privación de juicio, que se hace por segundas vías?

Mi risa proviene de los vientos, sí. El viento vuelve loco. Pero no por lo que todo el mundo dice.

-“¿Y qué dice “todo el mundo”?”

El mundo dice que el viento es un soplido permanente que se cuela por la cabeza, a través de las orejas y de la garganta, que hace que la gente se vuelva sorda ante los demás, pero que escuchen voces dentro de ellas. Y esas voces existen, doctor. Son los distintos vientos de esta ciudad, que se cuelan dentro de nosotros, y nos enfrían el corazón, que se divierten jugando en nuestra cabeza, apaciguando nuestros pensamientos, serenando los sentimientos... La locura se dice también de la exaltación del ánimo, que se puede producir en personas sanas.

Yo estoy feliz, porque he comprendido lo que los vientos me han querido explicar, no he cerrado mis orejas a sus historias, no he callado sus voces. Y he conocido, he aprendido, he asimilado... Eso no me hace perder el juicio, pero sí me hace sentirme mejor. No hay que cerrarse ante nuevas experiencias. Eso es lo que hacemos todos, por miedo a fracasar, a desilusionarnos, o a volvernos locos. Pero hay que darse una oportunidad. Y buscar más allá de los significados primarios, de los “insights” que hemos adquirido por mediación de otros.

Cuando pude leer la historia de Juan Maeztu en las hojas blancas e impolutas del doctor Esteban, las notas que había escrito en los márgenes, y la calificación final, comprendí que el Loco era una persona más cabal que muchas otras que sí dicen estar cuerdas. En rojo, el Doctor Esteban había escrito en la última hoja, que el Loco era “apto”. Y esta tarde, he escuchado de nuevo la risa contagiosa de un loco que no lo es.

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mardi, janvier 31, 2006

El mendigo del parque


El extraño individuo caminaba por los senderos del hermoso parque ajardinado, con la misma cadencia que venía haciéndolo en los últimos meses. Pasos firmes, con una ligera cojera de su pierna izquierda; cabeza agachada, como buscando más allá de la tierra y guijarros de los caminos del lugar.

Los harapos que vestía eran oscuros, y llenos de agujeros, que el pobre hombre, como buenamente podía, trataba de disimular, con cintas, que no lo convertían más que en alguien estrafalario. También solía llevar un abrigo, que le llegaba por debajo de las rodillas, entallado en la cintura, y con un par de botones de menos. Parecía no importarle que el diseño fuera de mujer, tampoco lo quería para lucirlo. Enredado en el cuello, llevaba un colgante de oro, que asemejaba una cadena. Menudo disparate, un mendigo con una cadena de oro. Era su única posesión. Todo lo demás, abrigo, ropa, zapatos eran objetos que encontraba en los basureros, y que recogía para su uso personal. Siempre decía que la gente tiraba muchas cosas, que utilizadas de otra manera, podían seguir sirviendo. Pero basta con tener de más, para que se cansen enseguida.

Tenía una barba espesa y enmarañada, de un color grisáceo que se entremezclaba con algún grueso mechón que le caía sobre su rostro, con arrogancia. La piel de su cara era dura, acartonada, oscura, y sucia. Únicamente sus dos ojos brillantes, de un color azul claro, parecían acechar, cual león en la espesura de la selva, a cualquier persona que se moviera dentro de su radio de acción. Su mirada era, por ende, profunda, pero sin malicia, ni amargura.

Sus manos, grandes y fuertes, daban a entender que había sido un hombre que se había valido de sí mismo, para luchar por su vida. Algunas cicatrices dejaban adivinar que la vida le había puesto a prueba en multitud de ocasiones. Tal vez por eso, por imaginar los malos episodios que seguramente había vivido, ¿cómo podía ser su mirada tan limpia y honesta?

Nadie conoció nunca su procedencia, nadie adivinó su edad, y mucho menos lo llamaron por su nombre, nadie sabía lo que ocurría con él, pasadas las 7 de la tarde. Algunas señoras del parque, que se acercaban a la salida del colegio, cuchicheaban entre ellas, y apartaban la cara con asco, al ver al mendigo hurgar entre la basura para encontrar algo para comer, beber afanosamente agua de las nuevas fuentes del parque, -que ellas pagaban con sus impuestos-, o tirarse en plancha al suelo, al encontrar una colilla, aún encendida, dispuesta a expirar con una última aspiración. Algunas veces, se sentaba en un banco, frente a los columpios, para recordar tiempos pasados, pero se levantaba en cuanto escuchaba, en tonos airados alguna frase en relación a la repugnancia que parecía emitir.
Entonces, él se sonreía para sus adentros, y sin mediar palabra con los padres y madres que lo miraban, se alejaba.

Muchas eran las personas, que al verlo no podían aguantar una cara de asco, o inventaban alguna historia del porqué de su situación. Historias tan inverosímiles como robos en algún banco importante, o violaciones a jóvenes adolescentes que pasean a altas horas de la noche por las calles de la ciudad... La gente era muy dada a hablar mal, y alguien con esas pintas, no podía ser una buena persona.

Una tarde, nos encontrábamos en la zona de juegos. El mendigo estaba sentado cerca, con una manzana roja, a la que estaba sacando brillo con la manga de su abrigo. Subimos al tobogán, apenas faltaban ya unos escalones para llegar arriba y tirarnos. Las madres no miraban, estaban demasiado ocupadas criticando las nubes que se acercaban por poniente, cuando descubrí que las pequeñas manos no eran suficientes para parar la caída desde lo alto del tobogán. Las madres no miraban, y la velocidad comenzaba a asustar. La pequeña nariz comenzaba a ponerse roja del miedo, cuando las manos del mendigo cogieron el pequeño cuerpo y lo aunaron en el aire, salvando de la brusca caída que el tobogán había estado buscando. Un pequeño grito salió, el miedo paralizante, permitía aún soltar aire, y el grito asustó a las madres, que estaban en coro. Sólo recuerdo que comenzaron a gritar y chillar, preocupándose de la pequeña niña, que había sido salvada por el mendigo. Pero ellas gritaban que se la quería llevar, pedían socorro, mientras dos guardias que hacían la ronda al parque las escucharon. Soltaron a la niña de sus brazos, y mientras uno la acercaba a su madre, el otro tiró al mendigo al suelo, dándoles patadas, y gritándole que se mantuviera quieto. Las madres lo señalaban, lo insultaban y lo acusaban. Se felicitaban entre ellas por haber estado atentas a todos los gestos del mendigo, y por haber conseguido salvar a la pobre niña que había aterrizado en los fuertes brazos del personaje.

El extraño individuo fue puesto en pie, tras ser esposado, de la nariz manaba un chorro de sangre, que se mezclaba con la tierra que había tragado. No levantó la mirada del suelo. Buscaba la manzana roja y brillante, que encontró debajo de un banco, reventada por los pisotones del tumulto. Una lágrima se perdió en la espesura de su barba gris, mientras era introducido en el coche policial.

Unos años más tarde, le conté a mi madre, que el mendigo no había querido raptarme, sino que, al revés de lo que creía, él me había salvado de un buen golpe, cuando, en uno de los descuidos maternos, había conseguido alzarme en lo alto del tobogán.

El Doctor Esteban copiaba con diligencia la historia en su cuaderno de notas, mientras fuera, se podía escuchar el píar de unos pájaros, que se habían posado en el alféizar de la ventana.

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