vendredi, octobre 20, 2006

Carta a Don Nicolás


Querido Nicolás,


El invierno comenzó el día 21. Desde entonces, no ha dejado de helar todas las noches, como si se hubieran puesto de acuerdo el tiempo y la ciudad. La radio anunció que el fenómeno meteorológico se llama cinarra. Seguro que tú lo sabías. Se trata de nieve menuda en forma de gragea. Tal vez no sea suficiente para hacer grandes muñecos de nieve, o deslizarse por el parque con los trineos de los niños, pero cubre todo de blanco.

Por las mañanas, el suelo, los árboles y los coches tienen un fino manto de nieve y hielo. El vaho que exhalo no consigue derretir la fina lluvia de nieve que cae delante de mí. Y no hemos conseguido subir de los 3 grados bajo cero durante el día. Imagínate el frío durante la noche, y más si sopla el viento. La luz parece haber desaparecido, y lo único que ilumina algo las aceras son las luces de colores de los escaparates. Aunque a las 7 de la mañana, la oscuridad es total, haya o no niebla.

Estas son fechas “entrañables”, según la gente. Parece que todos se han vuelto buenos y amables, pero sé que en el fondo, y pasados unos días, todo volverá a ser como siempre. Se olvidaran de los problemas ajenos, y volverán a encerrarse en los suyos propios. Dejaran de sonreír o de escuchar atentamente lo que otros les cuentan. Volverá la hipocresía que tanta rabia me da, y aquí no ha pasado nada. Salvo el frío que cala los huesos.

Te preguntarás el porqué te escribo una carta, en vez de hacerte una visita. O porqué te cuento lo del tiempo, si tú vives en la misma ciudad. Te aseguro que me iba a pasar por la Tienda de Hilos , antes de irme de viaje y tomar un café bien caliente en tu compañía, pero los últimos acontecimientos en la familia me han impedido acudir y felicitarte las navidades de viva voz. No sé muy bien como va todo, porque ha sido todo muy rápido. Y sinceramente, apenas quiero pensarlo. No lo considero justo. Ahora se me vienen a la imaginación, tus ovillos de lana virgen, de vivos colores, y que parecen interminables. Recuerdo que el color que más me llamó la atención fue el rojo. Te comenté que parecía tener un brillo especial. Y tú te reíste y dijiste que no era más que lana. Pero ambos sabemos, Don Nicolás, que era más que una metáfora. Sólo espero que ese ovillo siga teniendo su magia, aún cuando parece que no brilla tanto estos días.

Ya te contaré más detalles cuando vaya a verte.

Te envío un pequeño regalo con la música que estoy escuchando. Es Schubert, y la pieza es un quinteto para piano: “La trucha”, aunque mi madre siempre me lo ha dicho en francés: “La truite”. La primera pista es un andante de algo más de siete minutos, así que, siguiendo tus ideales, dentro de la tristeza, (de la pieza, de la vida) siempre hay una pequeña esperanza de un día mejor.


Cuídate, y dale recuerdos de mi parte a la señora Pura.
Feliz año nuevo.

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mardi, février 07, 2006

Don Nicolás y la tienda de hilos



Acabo de volver de la tienda de hilos.
Se trata de una tienda pequeña, metida en una callejuela, bastante escondida, y con muy poca iluminación. Si no la conoces, es prácticamente imposible encontrarla desde la calle.
Es como si quisiera esconderse de la gente que no entiende de hilos. O como si, sólo apareciera para aquellos que han comprendido la verdadera magia de los hilos.

Si entras en la tienda despacio, abriendo la puerta poco a poco, podrás escuchar como la campana, en vez de un “ding dang dong” normal, llena el lugar con una melodía distinta según tu estado de ánimo. Y es cierto, nada de invenciones, he llegado a escuchar un canon, un minué y una polca, en días distintos.

Lo primero que ves es un gran mostrador de madera de roble, que te acompaña a lo largo del pasillo. Tras el mostrador, miles de cajones abiertos, enseñando los colores de las bolas de hilo y lana, que se usan para coser, para bordar, para pescar...
Son estanterías que van desde el suelo, hasta el techo. Los colores van degradados, de mayor a menor intensidad, siguiendo los colores básicos del arco-iris.

Solitarias, dos sillas se muestran, en cuanto avanzas unos pasos.

Y al fondo, él. Nicolás. El dueño de la tienda.

Nicolás tiene unos setenta años, aunque aparenta 50. Tiene una mujer a la que adora, no tiene hijos. Su única vida es la que se esconde entre las paredes de su tienda. Su pequeña tienda de hilos.

En la parte superior de la tienda, Nicolás tiene su casa. Dos habitaciones, un baño, y una cocina. Suficiente para él y su mujer.

Cuando entras en su tienda, Nicolás enciende una cafetera de color azul y plata, que esconde tras la puerta que comunica con su vivienda, y te prepara un delicioso café, que suele acompañar de una chocolatina, envuelta en papel rojo, mientras contempla tu cara, y escucha la melodía, que únicamente la persona que entra, y él, pueden escuchar.

Buenas tardes, niña.
Don Nicolás...

En ese momento, tu rostro se llena de lágrimas, que tratas de esconder detrás de una sonrisa, te giras y disimulas buscando una marca en el inmaculado suelo.

Él espera. Con paciencia. Con ternura. Sabe que los hilos se rompen de vez en cuando, y que es difícil retomar otro. O hacer un nudo.

Siéntate, niña.

Y tras darte la taza, se sienta en la otra silla. Enfrente tuyo. Sin mediación de mesa alguna. Sólo tú y don Nicolás.

La última vez que viniste por aquí te llevaste una madeja de lana de color azul. Azul claro, si mal no recuerdo.

Tú asientes con la cabeza, el café baja caliente por tu interior, sus palabras son tranquilizantes, el ambiente es acogedor.

Y cuéntame... Se te ha enredado, se te ha roto, ¿se te ha agotado?
No lo sé. Ayer, al llegar a casa, me encontré con que ya no sentía nada. Traté de tirar del hilo, y nadie respondía del otro lado. Y sé que sigue ahí, pero no lucha.

Don Nicolás se queda entonces pensativo. Sabe los motivos por los cuales un hilo deja de funcionar, pero no lo dice nunca. Prefiere que la propia persona lo averigüe por sí sola.

La magia entre dos personas, querida niña, está en el hilo que te llevas de esta tienda. Es capaz de unir a dos personas, a pesar de la distancia. Pero no siempre el primero resiste a todo. Hay que saber recoger un poco de vez en cuando, y dejarlo libre, otras muchas. El azul que te llevaste es de muy buena calidad. Tal vez...

Levantas la mirada, que jugaba a mantenerse escondida bajo las manos, que sostienen la taza.

Don Nicolás se levanta, te coge la taza, y tras posarla dulcemente sobre el mostrador, te mira largamente a los ojos. Y continua.

Tal vez, querida niña, el hilo siga ahí, como bien has dicho, pero al otro lado... La persona no está. O tal vez, sí. Esperando a que tires tú.

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