vendredi, juin 22, 2012

El alma del árbol

Senderos que no reconocía, lugares vírgenes de toda huella humana, caminos llenos de maleza, por donde la luz juega al escondite. No se escuchaba ningún sonido, ni un piar, ni una hoja, ni un animal ¿Nada era real?

Seguí mi camino, tratando de encontrar algo reconocible. Y lo vi. Majestuoso, se levanta en medio de un claro, nudos en todas sus ramas, heridas en otras, debido a los rayos de las tormentas, musgo en su falda, y hiedra que sube en espiral por su tronco. Se siente lástima por verlo tan solitario, tan cerca de otros árboles, y tan lejano. Tal vez, sus raíces se comunican con los demás árboles, quizás en su tronco, alguna valiente ardilla ha querido construir un nido, y en sus ramas más altas, habiten pájaros de todas las especies.

Me detengo y lo contemplo. A pesar de mi edad, lo recuerdo, siempre ha estado allí, quizás menos frondoso, y menos alto, pero recuerdo cada estría de su tronco, y cada hoja en las ramas más bajas. Era mi árbol. El que abría sus ramas en las noches de estrellas, para dejármelas contemplar, o el que intercalaba las mismas, para hacerme llegar hasta lo más alto, para esconderme; el que, un día me enseñó su dolor, mientras se desangraba en la savia de su tronco, y el que llora hojas en sus días más fríos.

Y lo abracé. Echaba de menos no poder verlo todos los días, todas las noches, hacía tiempo había perdido el camino, y hasta hoy, no lo pude encontrar. Acaricié cada bulto que salía de su corteza, conté las heridas, mientras posaba mi mano sobre ellas. No quería perderme nada de lo que había crecido en ese periodo, quería volver a conocer cada detalle del árbol.

Sabía, que tiempo atrás, había querido erguirse, mantenerse enderezado en aquel despejado espacio, pero había terminado por aceptar su condición nudosa y curvada. No se había rendido, había procurado crecer todo lo máximo posible, alimentándose de los nutrientes de la tierra, del poco agua que le llovía. Hermoso, el árbol se mantiene en pie con toda la fuerza de la que es capaz, satisfecho de sí mismo, por haber crecido en aquel claro. 

Algunas veces, se le escapa decir que le gustaría que algún leñador llegara y terminara con su bella fealdad, pero la interpretación única que se saca, es que sólo desea que algún otro árbol sea igual de feliz que él en aquel lugar.

Y yo, le agradezco, que me haya permitido volver a encontrarlo. En mis sueños.

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dimanche, janvier 01, 2012

Regálame un recuerdo


La segunda mesa a la izquierda, al lado de la ventana. No muy lejos de la puerta, no muy cercana a las demás mesas. Tenía el grado justo de intimidad, y una visión perfecta sobre el resto de “El Gran Café”.
Veinte años.
Durante cinco días a la semana, salvo los festivos, ella se plantaba en esa mesa. La segunda a la izquierda, al lado de la ventana.

Cuando abrió la puerta esa mañana, estaba ocupada. Se quedó mirando al señor que la ocupaba, con mala cara. Él no se dio cuenta. Para molestarla más, era la única mesa de la cafetería que estaba ocupada.
Se acercó con furia hacia la barra, mientras uno de los camareros ya estaba preparando el café con que la recibían cada día.

-“Están ocupando mi mesa.” - dijo.
-“Las mesas no tienen ningún nombre asignado, señora, y todas las demás están libres.”- le contestó el camarero.
-“Pero, pero... Ocupo esa mesa desde hace ya veinte años, vengo todos los días...” – explicó ella.
-“Cierto señora, pero no le puedo pedir a esa caballero que se cambie de mesa, porque usted quiera esa.”
-“Esto es incomprensible, yo quiero esa mesa. Me pertenece.” - exigió.
-“Siento discrepar, sé que es cliente habitual, pero todas las mesas pertenecen a un mismo dueño, que hoy, precisamente no está aquí, pero que le dirá lo mismo que yo.”
-“Deberían guardarme esa mesa, si me consideran como cliente habitual.”
-“Señora, aquí tiene su café, puede ponerse en esa mesa hoy, y yo le prometo que mañana, le tendré guardada esa mesa.”

Ella se sentó en otra mesa, con su café. Tenía una mirada triste. Pero estaba enfadada. El único instante del día en que podía disfrutar de un rato para ella y sus recuerdos se concentraban en esa mesa. Y ahora ¿que podía hacer? El hombre no se levantaba, y ella necesitaba su mesa, y seguir recordando, y seguir viviendo esos primeros momentos. Lo necesitaba, y ese hombre estaba estropeándole su alegría. Vio como otro camarero hablaba con el que le había atendido. Debían estar hablando de ella. Pero ¿qué podían comprender esos dos?

Por fin, el señor que ocupaba la segunda mesa a la izquierda, al lado de la ventana, se levantó, y tras dejar el importe de su consumición en la barra, se marchó sin mirar atrás.
La señora se levantó de la mesa, y tras quitar el plato, la taza y el periódico, se sentó con su café, y se quedó mirando su mesa, la mesa donde se sentaba cinco días a la semana, durante los últimos veinte años. Y acariciando el corazón tallado en la madera, leyó en voz baja...
“Juan ama a Ana”

Mientras tanto, fuera de “El Gran Café”, el hombre se ponía sus gafas de sol, y sonriente, se decía a sí mismo, que ese bar no había cambiando en esos últimos veinte años. El corazón, que un día escribió a su primer amor, seguía tallado en la misma mesa en la que se dieron el primer beso. ¿Dónde estaría ella ahora? - se preguntó mientras se alejaba del lugar.

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mercredi, novembre 23, 2011

El vagabundo de almas

El hombre ya no esperaba nada. Se había cansado de la vida. O al menos, eso es lo que creía. Su imperturbable sensibilidad lo había alejado de todo lo que amó. Ve como los niños en las calles esconden su miseria bajo los abrigos raídos. Envuelven su tristeza en las luces de colores de los escaparates y escapan hacia la oscuridad. La gente, movida como marionetas sin voluntad, camina en silencio, no dice nada. Los árboles se tensan bajo el calor sofocante de las bombillas que, únicas, parecen mantener la rectitud de falsos días. Las hojas de otoño caen dando paso al invierno blanco. El sol retira la mirada y el viento busca el contacto.

El hombre escapa de su propia existencia. Entristecido por no haber conseguido mantener cualquier relación humana por temor. Miedo a encariñarse con alguien que, seguramente en algún momento, cambiaría de destino, dejándolo a él tirado junto a las vías del tren. Temor a una ausencia, que él mismo provocaba. Había golpeado al amor, más no consiguió retenerlo, se escapó entre los visillos de una cortina gris. La amistad se había evaporado, buscando otras vías, como el vaho que se exhala en una tarde de niebla, y se mezcla con ella. El extremo egoísmo del que había hecho gala por no herir a nadie, se volvió en su contra. Y ese día, amedrentado por tanta pobreza y desolación, escapó. Se había convertido en una sombra.

El hombre decidió cambiar el alma de todo aquel que quisiera escucharlo. Y ahora se asoma día tras día, a las ventanas del asilo, buscando el método de cambiar su inmortalidad. Las vías del andén son cómplices de su lucha, y guardan las historias que les cuenta a la caída de la noche.

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mardi, novembre 22, 2011

Las acuarelas del cielo

Su madre la arropó metiendo las sábanas y la manta por debajo del colchón. Le dio un beso en la frente y le deseó buenas noches. Apagó la luz de la mesilla, y ya se iba, cuando la niña le espetó:
-“¿Hoy no hay cuento?” –le preguntó Sofía.
-“Sólo si me prometes, que te dormirás enseguida.” –le respondió su madre. La niña asintió con la cabeza.
-“¿Quieres que te cuente el de Caperucita y el Lobo Feroz?”
-“No, no, hoy quiero uno de angelitos que vienen a la tierra.”
-“¿Te ha gustado el Belén que hemos visto, verdad?”
-“Sí, pero tendrán mucho frío en la calle durante la noche, no?”
-“No, no Sofía, verás...”
La madre aún no había acabado de contarle la historia, cuando Sofía cerró los ojos, quedándose dormida. Su madre sonrió, y tras subirle la sábana, y darle otro beso, se fue, dejando la puerto medio abierta, y la luz del pasillo encendida.
Habrían pasado unos pocos minutos, cuando Sofía entreabrió los ojos. Había algo en la ventana que hacía ruido. Las cortinas no estaban echadas, pero la luna nueva no alargaba nada de luz. Se levantó despacio y se asomó. No había nada. Se giró para volver a su cama, cuando lo volvió a escuchar. Ahora era como un campanilleo y unos golpes secos en la ventana. Iba a gritar “mamá”, cuando no sabe muy bien cómo, un ángel niño se plantó delante de ella. Tenía una sonrisa tranquilizadora, que escondía bajo el dedo índice de su mano, haciendo un ademán de silencio. La cogió de la mano, y la llevó a la cama. Él se quedó sentado en el aire, y esperó.
-“¿Quién eres?”
-“Soy uno de los ángeles del cuento de tu madre.”
-“¿En serio?”
-“Claro. Algunas veces, cuando me dejan, también soy ángel guardián.” –le dijo todo orgulloso.
-“Flautas, eso debe ser muy chulo.”
-“Sí, lo es. Pero cansa un poco.”
-“¿Tienes sueño?” –le preguntó Sofía.
-“No, ¿y tú?”
-“No ¿Cómo te llamas?”
-“Eifiriel.”
-“¿Qué haces cuando no haces de ángel?”
-“Pinto. En realidad, todos nosotros, los ángeles, pintamos. El cielo es inmenso, y un lienzo maravilloso. Cogemos todos los colores que puedas imaginar, y también los que no, y los derramamos por el cielo, de arriba hacia abajo, como si se nos hubiera caído, pero en realidad es porque queda más bonito así. Seguro que nos has visto alguna vez, lo hacemos por la mañana, muy temprano, justo antes de irnos a dormir un rato, y luego por las tardes, antes de ir a ver los niños en sus camas, y escuchar las historias de los padres.”
-“¿Y cómo lo limpiáis luego?”
-“Hay varias maneras, la más bonita es cuando le echamos agua al cielo, y le pasamos un trapo. Aquí en la tierra, la gente mayor dice que eso es lluvia, pero es porque no pueden vernos. Nos sentamos en las nubes y esperamos a que se seque. Y también usamos el viento. Tenemos unos molinos muy grandes, que soplan muy fuerte, y que se van llevando nuestros dibujos a otros lugares. Pero luego, cuando ya se han visto bien los dibujos, siempre los lavamos, y así tenemos siempre un cielo limpio e inmenso para seguir coloreando.”
Sofía sonrió en sueños, se acababa de quedar dormida otra vez.
A la tarde siguiente, después de salir del colegio, sus padres la llevaron de nuevo a ver el belén. Allí, en lo alto del pesebre estaba Eifiriel sonriendo. Poco tiempo después, una ligera lluvia barrió el atardecer, llevándose los colores rosáceos y anaranjados que habían poblado el cielo.

P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 20 de diciembre de 2005.

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lundi, août 04, 2008

Día de fiesta


Es vieja, y está amarilla por el paso del tiempo, como el papel de los pergaminos. Su olor es obtuso, tiene el aroma del té verde y la calidez del desierto…


Todavía notaba el aliento de sus palabras, mientras ella clavaba su mirada optimista en él. Un escalofrío recorrió su espalda, mientras se levantaba del sillón de la biblioteca, y buscaba a través de la ventana algo que hiciera saltar la chispa de su imaginación.

Decidió que era una buena noche, demasiado buena como para desperdiciarla en aquella inmensa, y ya solitaria, casa. Cogió la grabadora de la gaveta del escritorio y tras cerrar la puerta tras de sí. Respiró el aire caliente que llegaba desde el desierto. El perro se acercó, deseoso de salir de las cuatro verjas que abarcaban su territorio y olfatear los vientos que le aportaban miles de sensaciones que desconocía.

La calle próxima a su casa estaba llena de banderitas y papeles colgados entre los balcones de las casas, que se movían con nerviosismo, mientras el viento jugaba con ellos. El ruido que desprendía esa agitación, provocaba que Meridian tuviera las orejas atentas. Y en Juan una traviesa sonrisa.

Habían pasado dos años desde el 19 de julio. Dos años que habían pasado rápidamente, sin apuros, pero tampoco sin grandes aventuras. El cuaderno de ella seguía guardado en el mismo sitio donde lo dejó por última vez. Y las últimas historias de él dentro de la carpeta de sus dibujos. Antes o después, sabía que tendría que abrirla, y comenzar de nuevo. Y aquél era el camino a seguir.

La luna lucía en un cielo limpio de nubes. Estaba todo lo notable que podía estar en su mensual decrecimiento. Era como si la luna quisiera mantenerse iluminada durante toda la noche, sin hacer caso de los movimientos de rotación de la Tierra.


Aún siento tu presencia, mi niña, mirando frente a mí, sin decir nada, sólo dejando que tus labios sonrían, a la espera de que el mar de letras revoltoso forme sus primeras palabras, y escriba una historia. Pero es tan difícil sin ti… Mi musa, mi amor.”


La noche le daba opciones de retomar sus historias, de sacar lo que esos últimos meses había estado tratando de esconder. No era tan fuerte como se había hecho creer. Pero tampoco tan débil como se notaba esos últimos días. Lamentaba haber callado, y dejar que la inspiración pasara a su lado, sin hacer ningún ademán de retenerla y apaciguarla a su lado. Ahora, se imaginaba de nuevo en la biblioteca, afilando los lápices de dibujo de ella, extendiendo las hojas de papel blancas sobre la mesa. Y pensando aquella primera palabra que le permitiría comenzar de nuevo a vivir.


Plantado allí, mientras te desvaneces, mientras espero un gesto que me ayude a seguir por tus huellas invisibles. Intento llegar al agua, pero el mar se irrita formando murallas líquidas que golpean la costa erosionada, a la vez que es azotada por un amasijo de recuerdos.”

Sus palabras llegaron como un regalo. No las esperaba. Se había olvidado de su voz, de su esencia. Pero seguía ahí. En cada palabra que escribía, en cada dibujo que veía, en cada sorbo de té. Su rostro aparecía y desaparecía como si se lo llevara una ola del océano. Su voz, el mismo timbre que conservaba en su cabeza seguía teniendo la misma entonación. Se comprometió a volver a escribir. A renacer. Él como persona. Como complemento que fue. Como original que es.

-“Ay mi niña, te quiero cada día más.”
Las palabras se las llevó Lebeche, como un ladrón honrado, que roba sólo lo que es necesario. Las envolvió en unas hermosas peonias, que habían crecido al lado de la ventana por la que ella se asomaba. Y salpicando un poco de arena del desierto, se las entregó a ella.

Cuando llegó a casa, Juan levantó el auricular del teléfono. Comenzó a marcar un número. Y concertó una cita para el día siguiente.

Su mejoría comenzaría a notarse tras hablar con el Doctor Esteban.

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mardi, juillet 29, 2008

Historia en Beslán


Ya se acababan las vacaciones de verano en su ciudad, y Nikolai y su hermana, Tatiana esperaban ansiosos que llegara el día de la vuelta a clase.

Esa semana, sus padres les habían comprado todos los libros necesarios para comenzar a punto en sus respectivas clases.Y sus tíos, haciendo un gran esfuerzo, les habían regalado un par de pantalones y un abrigo a cada uno, para que, en los siguientes meses de frío, no lo pasaran muy mal.

Nikolai comenzaba ese año una nueva etapa. Pasaba de estar en el edificio de los niños más pequeños al de los “grandes”, como decía él. En realidad, pasaba de un ciclo de enseñanza a otro, pero eso, él no lo entendía así.

Estaba demasiado contento pensando en su vuelta al colegio, y sólo tenía ganas de que llegara el día, para poder ver a sus amigos, y empezar a aprender.

Tatiana, a su vez, también estaba contenta por volver al colegio. Ella comenzaba lo que sería su último año, y se le presentaba un curso interesante, con más proyectos y responsabilidades. Sabía que toda su familia estaría pendiente de sus progresos, y de su último año antes de su –verdadera- entrada a la edad adulta.

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Aquella noche, tanto Nikolai como Tatiana, prepararon sus respectivas mochilas y la ropa que iban a ponerse al día siguiente.Ella hizo un par de llamadas a sus amigas, para ir juntas al colegio, mientras Nikolai, esperaba a que su madre terminara de coserle las etiquetas con su nombre en su bata de rayas azules.Cuando todos terminaron, eran casi las diez de la noche. Ya quedaba menos para comenzar la escuela.

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Sobre las ocho de la mañana, Tatiana salió de casa junto a Nikolai. Iban caminando hacia la escuela, situada a tan sólo tres manzanas de su casa. Ludmila y Viktoria llegaban ya, con unas pocas manzanas en sus manos. Tras los besos iniciales, y darle una de las manzanas a Nikolai, las amigas de Tatiana, les comenzaron a contar sus vacaciones.

Un poco después de las ocho y diez, los cuatro entraban en el patio, allí, mientras las amigas saludaban a los demás compañeros, Tatiana llevó a su hermano al edificio correspondiente, y lo dejó al cargo de su profesor.Se despidió de él con un par de besos, y volviéndole a abrochar el segundo botón de su bata,

-“Pórtate bien Nikolai. Trataré de acercarme a la hora del recreo para verte.”

Tatiana volvió con su grupo de amigas, y al sonar la campana anunciando el comienzo de las clases, se adentraron al patio central, donde el director y los profesores los recibirían.

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En el mismo instante en que acababa la ceremonia de inicio de clases en el patio de la escuela, un grupo armado, vestidos de negro, y con máscaras conseguía avanzar. Terminando, en unos pocos minutos, por apoderarse de toda la escuela y tomar como rehenes a todo aquel que estaba dentro, niños y profesores.

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Los niños y adolescentes de los distintos edificios fueron llevados al gimnasio, de tres plantas. Eso acababa de convertirse en su peor pesadilla...

Nikolai lloraba desconsoladamente, no conseguía ver a su hermana entre tanta gente, y estaba asustado. Uno de los secuestradores le había empujado, y dicho de muy malas maneras que no se apartara del grupo.

Tatiana, en la planta superior, también asustada por lo que estaba pasando, no dejaba de pensar en su hermano, escuchaba los gritos y los lloros de los niños más pequeños, que le habían dicho estaban en la planta de abajo. Veía los ojos llenos de lágrimas de sus compañeras, y el miedo reflejado en el rostro de sus profesores.

Había podido escuchar como los secuestradores decían a las autoridades que volarían la escuela si la policía trataba de entrar en el centro, por cada baja suya, matarían a 50 niños. ¡¡50 niños!! –¿qué culpa tenemos nosotros?- Igualmente sabía que no lo decían en broma, todos los asaltantes llevaban puestos cinturones cargados de explosivos...

¿Dónde estaba Nikolai? No conseguía encontrarlo entre toda esa cantidad de gente, por lo menos había en esa segunda planta del gimnasio 300 personas, entre alumnos, profesores y asaltantes. Debía ir a la planta inferior, y tratar de buscarlo, pero... ¿cómo? Los asaltantes vigilaban, no dejaban que nadie se acercara a las ventanas, ni saliera de las instalaciones deportivas. Sólo se oía el llanto de los alumnos, los cuchicheos entre los secuestradores, y disparos, de vez en cuando al aire.

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Tatiana buscó con la mirada a sus dos amigas; Ludmila y Viktoria estaban cabizbajas, sentadas en cuclillas, rodeando sus piernas con los brazos, en un rincón, llorando afligidamente.Se acercó como pudo a uno de los secuestradores, y le pidió ir al baño a buscar un poco de agua para beber, y refrescarse. El secuestrador avisó a uno de sus compañeros, quien acompañó a Tatiana a por agua.

Mientras la joven llenaba una de las botellas que encontró por ahí cerca, escuchó disparos, y sintió la agitación que se levantaba por todo el colegio. El secuestrador la cogió por el brazo, y con fuerza, la empujó delante de él, para llevarla de nuevo al gimnasio.

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El aire comenzaba a hacerse irrespirable. Las ventanas permanecían cerradas, no había ninguna corriente de aire que pudiera refrescarlos, y ya no permitían ir a por agua. Al menor ruido, los secuestradores iniciaban una descarga de tiros al techo, para acallarlos. Los llantos de los bebés ya llegaban a oídos de todo el gimnasio, y las protestas de las profesoras de infantil, solicitando que liberasen a los niños.

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Nikolai estaba al lado de uno de sus profesores con la mirada perdida. No sabía porqué estaba pasando eso, no sabía más que tenía mucha sed, y que quería irse con su hermana.Hacía calor en ese espacio, todos los niños de su edad y los más pequeños compartían un espacio mínimo. Muchos de ellos estaban tumbados, pegados unos a otros, sin poder moverse, sin hacer nada de ruido. El calor comenzaba a ser sofocante, y los gritos de los bebés no hacían más satisfactoria el cautiverio.

Alguien dijo que unos pocos podían irse con un par de profesoras. Nikolai se levantó para irse, como gran parte de los que estaban a su lado, pero, los hicieron volver a sentarse, a base de más disparos al aire. –el estruendo que se escuchó por toda la escuela-

Los secuestradores llevaron a los niños hacia la puerta, y allí, otros los llevaron hacia la puerta central del colegio. Eran los primeros liberados.

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Tatiana estaba exhausta. Llevaba allí algo más de un día. No les habían permitido beber, ni abrir las ventanas, muchos de los alumnos se habían quitado ya las camisetas. El ambiente era irrespirable. Los secuestradores no les dejaban moverse, ni hablar. Tatiana había tratado de convencer a uno de ellos para que la dejara bajar a buscar a su hermano, pero hacían oídos sordos a sus súplicas. Estaba desesperada pensando en que podía haber pasado allí abajo, tras los numerosos disparos y las explosiones de aquella mañana. Necesitaba estar junto a Nikolai, junto a sus padres, y pensar que todo eso no era más que una pesadilla. Una dura e irreal pesadilla.

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Nikolai seguía asustado, no había podido dormir bien, estaba incómodo, tenía ganas de ir al baño, y no podía ya ni llorar.Se tapaba los oídos para no escuchar más disparos.Cualquier explosión en el colegio le sobresaltaba.Ya no distinguía si era de día o de noche, a pesar de que los rayos de sol iluminaban todo el gimnasio.

Quería agua.

Necesitaba agua.

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Algo ocurre, musitó Tatiana entre sueños. Se escucharon más disparos, pero éstos provenientes de la calle. El gimnasio entero parecía haber despertado, y los alumnos, puestos en pie, se acercaban a la puerta, sin importarles los disparos al aire, ni los pisotones, ni los gritos de los secuestradores. Querían salir, y algo les había empujado a hacerlo en ese momento.

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De repente hubo una explosión. Los asaltantes comenzaron a disparar a los alumnos, las explosiones se escuchaban por todos los pasillos del colegio. Tatiana trataba de alcanzar las escaleras para ir en busca de Nikolai. La gente no podía salir y estaban rompiendo las ventanas. La gente corría en todas las direcciones. Las balas llegaban de todas partes.

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Cuando Tatiana logró salir, un socorrista le dio una botella de agua, y un bocadillo, y la llevó hacia la otra calle. Ella le preguntaba por su hermano, ¿Ha salido? ¿Lo has visto? ¿Dónde está?. Pero él no lo sabía, y la dejó sentada en la acera, mientras iba a por más gente a la que ayudar.

Tatiana se levantó, y fue buscando, uno por uno, a su hermano, entre la gente que estaba de pie, desnuda, con una botella de agua en la mano, esperando que alguien les dijera que había pasado.

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Tatiana gritaba el nombre de Nikolai, con la poca fuerza que le quedaba, las lágrimas inundaban su rostro temiendo que siguiera dentro. Se acercó a la puerta del patio, por donde los alumnos seguían saliendo, corriendo, huyendo de aquella pesadilla.Nikolai estaba allí, era llevado en brazos por un hombre, sólo llevaba puestos los pantalones, y sus brazos y espalda estaba llena de sangre.

Pero estaba vivo.
P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com los días 4 y 6 de septiembre de 2004.

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mercredi, juin 13, 2007

El castigo de Perseo



Terrible castigo me ha traído el intentar admirar la luz de tu luna, puesto que ahora soy un nuevo Perseo y bajo tu encanto he caído fosilizándome. Al volverse mármol mi piel, me he transformado en estatua eternamente inmóvil, preso para siempre entre tu cintura y tu cadera.

Admirador de tu luna vivo en ecos de un anhelo, rogando otra mirada tuya para volver a vivir, caminar otra vez y sentir sobre la fría arena las acogedoras olas, aspirar de nuevo tu aroma, desplegar mis alas y remontar el vuelo mientras evoco en la lejanía las dos lunas que viven en esta playa para después besarte, hasta que entregues a mi mundo la luna que te llevaste.


P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 27 de abril de 2005.

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vendredi, mai 18, 2007

La historia de Blanca


Quedaron en silencio. Hacía ya unos meses que Manuel había perdido la esperanza de comunicarse con ella como antaño, de derribar la insalvable barrera que aislaba a su mujer del resto del mundo. Pasaba sus tardes sentado junto a ella, algunas veces, sosteniendo su mano entre las suyas, y otras, acariciándole el rostro. En silencio.

A él no le gustaba estar en casa. Blanca se quedaba inmóvil en su cama, mirando las grietas del techo, mientras un incómodo silencio se instalaba entre ellos dos, silencio que ahogaba a Manuel, y que trataba de acallar, poniéndose los cascos de la mini-cadena, y escuchando los diversos cánones de Albinoni.

Extendía unas hojas de papel sobre la mesa, y con su pluma estilográfica, escribía como si hablara con Blanca, dejando que el raspar de su pluma con el papel fuera el único contacto con la realidad.

“Te acuerdas, querida, de aquella noche, en la que fuimos juntos a un concierto? Ibas muy guapa, con una blusa blanca de amplio escote, y unos pantalones de color gris, y un colgante, en forma de delfín, que siempre te ha acompañado. Recuerdo que aquella noche, al llevarte a casa, encontramos unos chicos que vendían láminas y dibujos por la calle. Quise que te hicieras un retrato que adornara mis noches en soledad, pero, tus mejillas se colorearon, mientras me decías que no. Tus ojos brillaban, y tu risa parecía sacada de un cuento de hadas, de lo dulce y armoniosa que sonaba. Los chicos te dijeron que podían hacerte un bonito dibujo, que quedarías bien bonita, pero entonces, te fijaste en los delfines de colores azules que había en una las láminas, y dijiste, “quiero esa”. Y te la regalé. Sé que nunca la enmarcaste, pero te (nos) ha acompañado a lo largo de todas nuestras mudanzas.”

- “¿Qué hora es?”
- “Las cinco de la tarde, vida.”-respondió mirándola con cariño.

“Nuestra primera casa, Mari Blanche, tan chiquitita, pero tan cercana al parque, y con esos amplios ventanales, que dejaban pasar tanta luz. Solías decir que no te importaba que fuera una casa pequeña, que ante todo era un hogar, y que donde cabía un perro, cabían tres. Recuerdo que te encantaba cambiar los muebles de sitio. Muchas veces me sorprendía el arte que tenías de encontrar el hueco apropiado para que todos nuestros muebles cupiesen, y que quedara tan perfecto. Sabía, al llegar a casa del trabajo, que estabas nerviosa, y que habías pasado toda la mañana limpiando. La perrita se acercaba muy despacio a la puerta de la entrada, para avisarme, parecía que fuera de puntillas. Yo me iba a la habitación, sin hacer ruido, y tras ponerme cómodo, te llevaba un pedacito de chocolate y un té aromático. Te solía encontrar tumbada en el sofá, dormida, con otro de los perros a tus pies. Te despertabas con el pelo alborotado, y los pies fríos. Muchas veces el sol te daba en la cara, provocando que guiñaras los ojos, y marcándote esas arruguitas que tanto me han fascinado siempre.”

- “¿Qué hora es?”
- “Las cinco y cuarto, cariño.”

”Esas tardes, solía acompañarte al parque a dar un paseo. Te escondías en la habitación, para meter una pelota en tu bolso. No querías que nuestros “cahorruines” se enteraran de que les bajabas un juguete. Al llegar al parque, los dejabas correr, mientras nos cogíamos de la mano, y soñábamos.Yo quería convertirme en anticuario, quería vender todos esos objetos que se guardaban en casa de mi abuela, y que según tú, no eran más que trastos grandes e inútiles. Pero aún así, me apoyaste, estuviste ideando conmigo los planes de venta, y ayudando a tomar las fotografías correspondientes. Eras una experta en ordenar y recoger. Siempre callada, para no interrumpir mi concentración, pero hablando claro, cuando pensabas que me equivocaba. Debía ser tu sexto sentido. ¿Qué habría hecho yo, en las nubes, sin tus pies pisando firme el suelo?”

- “¿Qué hora es?”
- “Las cinco y veinticinco, Mari Blanche.”

”Luego vinieron los años duros. Eran épocas de cambios, de enfados, de malas palabras. Con la perspectiva de los años me doy cuenta de todas las cosas a las que renunciaste por mí, de nuestro desigual reparto de amor y libertad. Ahora leyendo las cosas que escribiste veo que la artista eras tú y que yo sólo fui un pobre tonto que en el reflejo de tus ojos aparecía como un ser estupendo, un gran anticuario que tenía don de gentes. Siempre me habías dicho que te habías enamorado de mis defectos, antes que de mis virtudes. Comprendo, aunque tarde, el sufrimiento de abandonarme tras una última advertencia, a la que no hice caso alguno. Cuando desperté tras tu partida la casa estaba llena de huecos, de moldes vacíos de tu presencia. Quise seguir solo, pero me hundí en un pozo del que no quería salir.”

- “¿Qué hora es?”
- “Las seis menos veinte, vida.”

“Te puse en contra de toda mi familia, de todos nuestros amigos. Hasta él, enamorado de ti, como todos, me lo dijo una vez. Como era posible que te hubiera dejado escapar de esa manera? No le cabía en la cabeza que no hiciera nada por recuperarte, pero entiéndelo, mi vida, estaba enfadado, no te comprendía. Pero, de nuevo, fuiste tú, la que me tendió la mano, y me ayudó a salir de ese agujero. Me pedías comprensión, y horas de conversación. Llegué a entender lo mal que estabas a mi lado, cuando no te escuchaba, cuando te hacía callar, por pensar que nada de lo que dijeras era importante. Pero tal vez, demasiado tarde. Yo te decía que te amaba, pero no era amor, cielo, era una necesidad. Te he necesitado siempre, como un río que necesita de un cauce, pero que no se detiene a escuchar el trinar de los pájaros de sus orillas.”

- “¿Qué hora es?”
- “Las seis menos diez.”

“Recuerdo perfectamente tu desconcierto cuando empezaste a olvidar pequeñas cosas. Al principio, olvidabas el piso donde habíamos aparcado el coche, y llamabas al guardia de los almacenes, para presentar una denuncia por robo. Luego, el día en que me confundiste con tu padre y lloraste su muerte por segunda vez con el mismo dolor. Y la trágica noche en que tras miles de pruebas médicas, que te hiciste sin decírselo a nadie, nos reuniste a amigos y familiares y nos comunicaste que tenías Alzheimer. Aquello me hundió y me sumió en un silencio tal, que, de nuevo, y como siempre había sido, me consolabas tú a mí, en vez de ser al revés.”

- “¿Qué hora es?”
- “Las seis menos cinco, cariño.”

“Lo dejé todo para dedicarme a ti, y a tus sueños. He querido llenarte de amor, y me he esforzado para que la entrega sea total. Pero es doloroso mirarte a la cara, y no recibir la caricia de tus ojos, hablarte y que no sepas quien soy, tocarte y no sentirte. Quiero llegar a ti, pero no me dejas. Ahora es demasiado tarde para decirte que te quiero, te escapas a todo control, te vas apagando. Tu mayor temor, el que siempre acompañaban tus pesadillas, se hace ahora real.”

Manuel se levantó de la silla, y miró al reloj. Eran las seis y cinco de la tarde.

P.S: Escrito y publicado por primera vez en galatea.blogia.com el 26 de enero de 2005.

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samedi, décembre 09, 2006

El insomnio de Juan Maeztu

El día había amanecido claro. El sol se colaba por las rendijas abiertas de las cortinas, iluminando la cabecera de la cama. Los girasoles decorativos de madera de la barra verde resplandecían al unísono, mientras Juan Maeztu estiraba los brazos.

A su lado, ella dormía tranquilamente. Su respiración era suave y acorde, sólo entrecortada por unos pequeños suspiros que se escapaban por su boca medio abierta. Sonreía en sueños. Juan alargó su mano hacia su espalda, y la recorrió de arriba abajo. Ella abrió los ojos y tras centrar la mirada en Juan, le lanzó un beso, que el recogió solícito, inclinando la cabeza.

-“Buenos días, señor.”
-“Buenos días, señorita.”

Tras el ritual de la mañana, ella se acercó al lado de la cama donde él dormía, y tras abrazarlo, le empujó con dulzura para que se levantara.

-“Hace sol, hay luz ,no hace tanto frío, tenemos que aprovechar este día. Seguro que no hay nada de viento en la calle.¿Te asomas?”

Juan se levantó, se colocó ambas zapatillas, y se acercó a la ventana. La abrió de par en par. E inspiró el aire fresco cargado con los olores de los árboles frutales que tenía enfrente. Después, le cogió de la mano y la atrajo hacia la ventana.

-“Tenías razón, señorita, hoy es un gran día. ¿Vas a salir hoy a la calle?”
-“Siempre tengo razón, amore, voy preparando el desayuno mientras te preparas. Yo saldré un poco más tarde, tengo que entregar unos dibujos a mi editor.”
-“De acuerdo, te veo en unos minutos.”

Ella bajó a la cocina, encendió la cafetera y cogió unas naranjas del frutero. Mientras exprimía su jugo, pensó en los detalles que faltaban en sus dibujos. Apenas unos rasgos para definir las caras de la gente, y un poco de claridad en el fondo del paisaje. Un par de toques de color con los lápices pastel y ya lo tendría listo. Después de entregarlos, tendría que ir a comprar más papeles y lápices. Pero eso lo dejaba para la tarde. A última hora de la mañana, tenía una cita ineludible con su médico. Intuía lo que le iba a decir. Los dolores de cabeza apenas habían disminuido esos días. El viento parecía ayudar a hacerlos más fuertes. Y las sombras que traían las nieblas no conseguían despejar sus preocupaciones. No le había dicho nada a Juan. El Loco tenía suficiente aquellos días soportando su mal humor.

-“Se me ha hecho tardísimo. Tengo que salir ya mismo, querida. Me han llamado al móvil con una urgencia.”
-“Tómate aunque sea el zumo, Juan.”
-“Un buen zumo natural, un beso apasionado de la persona a la que más amo, y te veo esta tarde. Antes de que te des cuenta, estoy aquí de nuevo.
-“Te esperaré.”
-“No te vayas muy lejos.”
-“Descuida, tengo muchas cosas que hacer en casa.”
-“Hasta ahora, mi niña.”

Juan Maeztu salió de la casa con un portafolios en la mano, el abrigo sin terminar de abrochar, y la bufanda colgando. Ella lo miraba alejarse por la ventana, mientras sonreía por lo descuidado que era. A pesar de sus manías, todavía no había conseguido que saliera algún día, bien vestido, sin tener que ayudarle con la corbata, o abrochándole los botones correctamente.

Se terminó el café, fue a la biblioteca, y terminó sus dibujos. Los colocó con cuidado en una gran carpeta, y tras cerrarla con pinzas a ambos lados, la dejó al lado de la puerta de entrada. Subió a cambiarse para entregarse al frío matinal de la ciudad.

Al salir a la calle, los alisios le revolotearon el cabello. “Tiempo sur”, -pensó. Era una temperatura elevada para la fecha en la que estaban, aunque no tan improbable. Los dioses de los vientos andaban nerviosos. Llegaba cargada de humedad, cosa que no le hacía particular gracia.

Se dio prisa en llegar al centro y entregar su trabajo. La felicitaron como siempre, y tras darle un nuevo encargo para dentro de un mes, -ilustrar un cuento infantil-, se acercó a la consulta del médico. Le confirmaron las sospechas. Y tras agradecer el interés, se fue cabizbaja a la casa.

A primeras horas de la tarde, Juan Maeztu llegó a la casa. Su día había sido ajetreado. Aún así había conseguido sacar tiempo para acercarse a una floristería, y comprar la flor azul y blanca más hermosa que vio. Hizo que le envolvieran el largo tallo en un papel difuso, y con la flor en la mano, llegó a casa.

Entró y salió por la puerta tres veces. Primero el pie derecho, luego el izquierdo. Una media vuelta, y el mismo gesto. Dejó las llaves sobre el aparador, colgó el abrigo, y buscó por la puerta entreabierta de la librería si ella estaba allí. Le sorprendió no encontrarla al abrirla entera. No le dio mayor importancia. Una tormenta invernal había estallado hacía unos minutos. Supuso que le volvía a doler la cabeza, y tal vez estaría arriba, descansando.

De puntillas, entró en la habitación. Sus manos tenían escondida la flor en su espalda. Sobre la cama, de medio lado, ella lo miraba lánguidamente.

-“He vuelto.”
-“Te veo, Juan.”
-“¿Cómo estás? ¿Qué tal tu día?”

A partir de aquí la historia la conozco por partes, escrita en las hojas blancas e impolutas del doctor Esteban, y en las anotaciones del cuaderno de Juan, guardado en la carpeta de dibujo de ella.

Cuando entré te encontré recostada sobre la cama. El almohadón tirado a tus pies, y el perro apoyando su cabeza sobre tus rodillas. Pensé que estabas dormida. Pero entonces me hablaste. Tenías la mirada perdida, confusa. Parecías querer pensar en miles de cosas a la vez, pero sin fuerzas.
Recuerdo la frase que susurraste débilmente cuando me acerqué a la ventana.-
No me dejes sola, quédate conmigo.”

Y me acosté a tu lado, te abracé y pude sentir el calor que emanaba tu respiración. Acompasé la mía con la tuya. Y te besé.

Le dije que no se preocupara, que muy pronto se pasaría la tormenta, y que dejaría de dolerle la cabeza. Ella asintió. Pero ya sabía que se le pasaría por siempre. Conocía su destino mucho antes de lo que yo lo supe.

-“La flor. ¿Me la das?

Ella sabía que le había comprado una flor. No eran pocos los días que llegaba a casa y le llevaba una flor. Sólo una. Nada de ramos con flores silvestres, ni plantas de verdes hojas. Le gustaba la belleza solitaria de una sola flor, desprotegida y a la vez cuidada. Las solía poner en un jarrón de cuello alto, transparente, con piedrecillas azules en el fondo. La dejaba en la mesa de la biblioteca, mientras yo escribía. Luego se sentaba en el sillón, y me hacía compañía hasta bien entrada la noche.

-“Esta me la llevo conmigo.” –Fue lo siguiente que me dijo. Me quise levantar para llamar al médico. Pero me retuvo contra ella. Lágrimas caían por sus mejillas, mojando su blusa. No supe que hacer. No quería que saliera de mi vida de esas maneras. Le pedí que se quedara conmigo, que si ella se iba, yo me iría detrás. Alargó su mano para acariciarme la cara, mientras me tranquilizaba.

-“¿Sabes que te quiero, verdad?”

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mercredi, février 15, 2006

Desmemoriado


Tardó dos meses en volver a entrar en la habitación donde ambos dormían. Su despedida fue suave y delicada. Pero tan inesperada como cruel. Volvió a ver la cama desde donde ella se despidió; la ventana por la cual, todas las mañanas, al descorrer las cortinas, descubrían la luz de un nuevo día; los cuadros pintados por ella, en todas las paredes del cuarto...
Una fina capa de polvo cubría los muebles. La chica que venía a limpiar la casa, dos veces por semana, tenía prohibido entrar aún en el cuarto, y lo único que le habían dejado hacer fue ordenar y recoger algunas cosas, al día siguiente del acontecimiento.
Juan no había conseguido reunir el valor suficiente de entrar hasta ese día. El calendario marcaba el final de mes. Aspas rojas cerraban los días anteriores. Ya no había notas, ni caras sonrientes, ni besos de carmín que lo saludaran por las mañanas. Sólo cruces rojas, que sólo indicaban que un nuevo día había pasado.
Esa mañana, no hubo señales que lo llevaran delante de la puerta, no hubo recuerdos que quisieran ser revividos en la media penumbra de la habitación, ni olores perfumados que lo atrajeran. Sólo la curiosidad movida por una firme promesa que se habían hecho al poco de conocerse. Era hora de conocerla mejor.
Al coger el pomo de la puerta, para voltearlo y entrar en la habitación, sintió un escalofrío caluroso que lo recorrió de arriba abajo. Trató de no mirar alrededor, se dirigió directamente al armario, en donde, cada uno, guardaba su caja “de los tesoros”.
Se trataba de una caja de madera, de un tamaño importante; la de ella, tallada con flores imposibles, y la de Juan, con la silueta de una mujer, la de ella. Ninguno de los dos había puesto candado, ya que confiaban el uno en el otro, y poco podía importar que lo vieran solos o los dos juntos. Guardaban todo aquello que les parecía especial e importante de recordar en un futuro.
Cogió la caja de ella, y la llevó a la biblioteca. La dejó sobre su mesa. Y tras seguir con sus dedos las siluetas de las flores talladas, la abrió, no sin antes, contemplar detenidamente la foto de ella, que sonriente, lo observaba desde una de las estanterías.
Y lo primero que Juan, el Loco, encontró en la caja, fue una hoja de su cuaderno de dibujo. No estaba rasgada, tampoco estaba arrugada. A carboncillo, había dibujado una de sus flores preferidas, y un poema: “desmemoriados”. Al darle la vuelta para ver si había continuación, encontró una de las primeras notas que iría descubriendo de ella.

Nunca te olvidaré, Juan. Aunque los recuerdos cambien, y la memoria falle.”
Juan leyó el poema de su, por siempre, enamorada, y no pudo evitar que las lágrimas nacieran a cada palabra que leía.
Si me ves llorando y gritando a voces,
Por el silencio amargo y la confusión etérea.
Si me ves mordiéndome las uñas
Mientras escucho con atención los ruidos.
Si me ves rondando por las esquinas,
Buscando una sombra que se asemeje a tu recuerdo.

Si me ves sentada, frente a una hoja en blanco,
Escribiendo con palabras nerviosas,
Tratando de encontrar la palabra exacta
Que me lleve hasta ti.

Si, algún día, me encuentras por la calle,
Y te paras a hablar de la luz,
Como si fuera una extraña
Y te asusta no recordar mi rostro,
Pero si mis palabras.

Si me ves borrándome en el viento de tu camino
Poco a poco, difuminándome por tus espaldas.
Un día sí, y otro también.
Las sombras, delgadas figuras que te siguen
La hoja arrugada arrastrada por el viento

Te encuentro yo y me encuentro a la vez...

Desmemoriados.

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lundi, février 13, 2006

Abre el paraguas


En la Ciudad del Viento, hay una calle central, con varios carriles. Tiene aceras grandes y espaciosas a ambos lados, una callejuela central llena de banquitos de madera, pintados de marrón claro, y árboles y arbustos, que no dejan ver nada hacia los extremos. Ella siempre está allí. Se rodea de palomas que vienen a picotear las migas de pan que una señora mayor les deja por las mañanas. Y de niños por la tarde, que juegan en los columpios, mientras sus madres hablan y discuten entre ellas. Es la primera persona que aparece cuando las brumas matinales se aclaran , y la última en desaparecer cuando la luna está ya muy alta en el cielo.

Ella se queda inmóvil, con la mirada perdida en lontananza. Deja vagar sus pensamientos, mientras escucha las conversaciones de enamorados que se sientan cerca de ella, y sonríe al saber que también ella, una vez, consiguió atrapar ese amor eterno.

Su rostro refleja el paso de los años. De colores grisáceos, o pálido, a veces, es ajena a las inclemencias del tiempo. Con lluvia, o con sol, con el temible viento que le susurra y también le grita a los oídos; con el calor de la cercana primavera o con el arduo frío del invierno que se aleja. Siempre inmóvil, siempre allí, escuchando, sonriendo.

Su amor eterno. Piensa en él. Y contempla el lento caminar de los años. Él llegó un día, caminante de un paseo invadido por risas ajenas. Pasó por delante de ella, se detuvo mientras su mirada subía desde sus pies, calzados con apenas unas sandalias, hasta sus bellos y grandes ojos, que lo contemplaban fijamente. Se intercambiaron miradas, y ciegamente, se enamoró de ella, de su belleza perfecta, de su imperturbable ingenuidad, de su aire que está como ausente.

No fallaba ningún día. Venía por las mañanas, la saludaba, la quería, le recitaba poemas, le cantaba canciones, le traía flores. Y ella, serena, callaba.

Callaba su vida, su tiempo y su espacio. Callaba su inocencia, sus deseos de irse a otro lugar. Callaba su silencio. Callaban sus risas.

Él le suplicaba, le traía amor eterno, la besaba en presencia de todas aquellas personas, que como si de un loco se tratase, reían sus episodios. Se declaraba en verso, con un violín, y con flores. Nada era suficiente. Quizá.

Ella no podía decirle que también se había enamorado de él. De su caminar atento, de sus gestos hermosos, de su voz medida, de sus besos apasionados. No podía explicárselo.

Él venía un día sí, y otro también. Pero el tiempo, que nunca perdona, pasaba por él. Ya no era el apuesto joven que inventaba miles de historias para enamorarla. Su espalda se había encogido, sus sienes se habían encanecido, su caminar, otrora alegre, era cansino. Pero seguía visitándola.

Un día, amaneció anaranjado en la Ciudad del Viento.

El hombre, poeta y músico, despuntó muerto a los pies de ella, apoyaba su rostro en las sandalias de ella. Sus brazos envolvían sus piernas, como si no quisiera dejarla escapar por nunca jamás. Sus labios entonaban una sonrisa triste, sabedores de que ella no podría ser de nadie más. Ya nada podría separarlos.

Los vientos se confabularon aquel día, y durante el entierro, bailaron miles de danzas, con fuerza y vigor, emocionados ante los actos de entrega y amor, que había mostrado el hombre durante años. Zephyros adornó el lugar con las mejores flores de temporada en señal de duelo.

Aquella noche, un señor mayor y su nieta caminaban de vuelta a su hogar, pasando por la avenida en donde ella seguía guardando silencio.

La niña le preguntó a su abuelo, amigo de aquel hombre:

-“¿Porqué la estatua llora, abuelo?
-“No llora, cielo, está comenzando a llover. Ven, acércate, y abre el paraguas.

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jeudi, février 02, 2006

La colorida tibieza del amor


La primera vez que coincidieron, él no se fijó en ella. Llevaba meses caminando distraído, sumido en sus propios pensamientos, que lo sumergían en un océano de colores dispar. Y es que Iván era pintor. Pero no uno cualquiera, era un artista. O al menos eso pretendía.
Sus primeros cuadros habían sido nombrados en revistas del sector artístico, habían sido expuestos en las mejores galerías durante varios meses, recibía llamadas y cartas a todas horas felicitándole por la tibieza con que expresaba sus sentimientos o pensamientos en sus cuadros.

Tan sólo una persona confió en él, y en su arte: la dueña de la mejor galería de arte de la Ciudad del Viento.

Cuando Iván comenzó, tenía un puesto con cuatro acuarelas, y grandes hojas de papel acartulinado bajo los porches de la Gran Avenida. Pintaba a la gente que caminaba por allí. Le bastaba con ver la expresión de sus caras para recordar sus facciones, e inventarles un momento de sus vidas. Cuando ella pasó por delante, y se quedó mirando sus cuadros, observó algo más que unos bellos retratos. La calidez con la que dibujaba los trazos, los rasgos y la luz en los ojos de todos ellos, y los colores, delicados pero firmes, le habían llamado la atención. Le dejó encargado un cuadro, prometiéndole volver a pasar en una semana.

Una semana más tarde, emocionada con el cuadro, le citó en su oficina, y a partir de ahí, ambos iniciaron una relación profesional, que llevó a Iván a ser uno de los pintores más conocidos de la ciudad y alrededores.


Iván era un genio. Pero la presión comenzaba a influirle, sus ideas se agotaban, y no conseguía encontrar aquello que lo hiciera reaccionar.
Sus inicios no habían sido fáciles, no había recibido ningún apoyo de su familia, y sólo su tesón lo había conseguido encumbrar hasta lo más alto. Sin embargo, él no se conformaba con esos primeros cuadros, que le habían hecho tener una vida más fácil. Iván buscaba su obra maestra, la perfección en sus dedos, la desenvoltura de sentimientos, y el colorido profundo, que provocara no sólo la admiración en toda aquella persona que lo contemplara, sino la devoción hacia su obra y su persona.

En su mente, Iván mezclaba tubos de pintura consiguiendo unos colores sobresalientes, brillantes y nunca, hasta ahora, conocidos; conseguía formas diversas, mezclando luces y espacios; y encontraba el rostro perfecto que definiría todo lo que él podía sentir, para hacer sentir a su vez.

Se dirigía al punto de encuentro de una reunión con unos directores de galerías, cuando...

-“Disculpe señor, ¿podría indicarme la hora que es?

Iván salió de su nube, dispuesto a increpar a la joven que lo había sacado de su ensimismamiento, pero no pudo reaccionar. A la suave voz, le correspondía un rostro angelical, lleno de delicadas luces, que favorecían la expresión risueña, y tímida de la joven.

Ella repitió la pregunta, algo asustada por el gesto que segundos antes, él le había dedicado.

-“Sí, claro, las diez y veinte.
-“Gracias.

Ella siguió su camino, mientras él, embobabo, la veía alejarse. Otro día, en otra ocasión, con otra persona, aquella pregunta le habría sacado de quicio, y hubiera contestado mal, molesto y enfadado porque lo sacaran de su abstracción. Pero ella tenía lo que durante meses había estado buscando. El rostro perfecto con unos ojazos tremendamente grandes, que miraban con serenidad y profundidad todo cuanto acontecía delante de ella. Sus rodillas habían temblado cuando ella le sonrió, repitiéndole la pregunta. Su voz, cálida y virginal, se había apoderado de sus sentidos, y sólo se reprochaba, el haber descubierto a la joven su fragilidad en ese primer encuentro.

Poco importa lo que se dijo en la reunión, las palabras fluían pero se escurrían con parsimonia entre sus pensamientos. Aquella noche, no consiguió dormir. El recuerdo de la chica lo mantenía desvelado. Buscaba cada detalle de su rostro, torneaba mil veces sus delgadas piernas, esbozaba el busto equilibrado, pintaba en el aire cada trazo perfecto de aquella desconocida mujer. Intentó pintarla en el gran lienzo en blanco que guardaba para su obra maestra, pero su mano no respondía a ninguna de las órdenes que la cabeza le dictaba.

Por la mañana, decidió volver a probar suerte. Caminaría por la misma calle, una y otra vez, hasta que ella, volviera a pasar. Y si no la encontraba hoy, lo intentaría mañana, y pasado, hasta que tuviera todos los detalles de su perfección.

Iván tuvo suerte, ella recorría todos los días, aproximadamente a la misma hora aquella calle. Caminaba siempre con tranquilidad, midiendo sus pasos, en un perfecto compás, al vaivén de sus caderas, que parecían marcar el ritmo. Se paraba en un par de escaparates, y continuaba, sonriendo y alegrando a la mañana que iluminaba su rostro.

Él se quedaba escondido, tras la parada de un autobús, trastornado por esa obsesión, y la miraba, y la soñaba, la bebía como si fuera el más preciado de los néctares, para recordar, al llegar a casa, cada rasgo, cada detalle de la joven. Ya no comía, sólo conseguía dormir cuando su cuerpo, cansado y febril, exigía desde la extenuación, un sitio donde encogerse. Salía de casa, únicamente para verla a ella, para seguir estudiándola, poder gozar de esa compañía invisible, unos escasos minutos, y vuelta al encierro en la habitación de la pintura, donde, poco a poco, día a día, momento tras momento, el lienzo blanco cobraba vida.

Paula era una joven sin estudios, pero con muchas ganas de aprender. Había conseguido un trabajo como limpiadora en una casa, y una de las muchachas, ya universitarias, le enseñaba en los ratos libres conocimientos de geografía, historia e idiomas. Tenía conocimientos básicos, que sus padres habían tratado de enseñarle, a pesar de sus pobres condiciones, pero Paula buscaba siempre más allá. Era curiosa, le gustaba preguntar para aprender, se sentía bien cuando se imaginaba a sí misma siendo otra persona, y tomando decisiones importantes, tal y como veía que las mujeres de esa casa hacían. Ellos tenían unas normas muy estrictas, aunque la habían acogido de buena gana. A la señora de la casa, Paula la tenía que llamar “señora”, y al marido de ésta, “patrón”. Aparte de eso, les encantaba la buena educación y respeto que demostraba en todo momento.
Todas las mañanas, la “señora” la mandaba a comprar al mercado y a buscar un pan de cereales en una panadería, en una calle cercana al encuentro inesperado con Iván.

Le gustaba pasear, mirando los escaparates de la calle, sintiéndose importante, como si ella misma fuera la señora de la casa. Caminaba con paso firme, segura de lo que hacía, y de donde pisaba, le gustaba sonreír a todo aquel que le miraba a los ojos. Era su carta de presentación. Solía recordar cada cara y persona que se cruzaba y también solía imaginar lo que podría estar pensando la gente, dependiendo de la forma en que miraban, caminaban o por el gesto de sus rostros.

-“Disculpe señor, ¿podría indicarme la hora que es?

Paula lo había visto venir. No lo reconocía, ya que nunca se habían cruzado. Tenía la mirada perdida, tal vez estuviera preocupado por algo, el trabajo o la familia, pensó. Tras bajarse la manga de su camisa para tapar su reloj, se cruzó delante de él y le preguntó la hora.

Le sorprendió la reacción de él. Parecía enfadado al sentirse desprotegido de sus pensamientos, pero algo cambió en su aspecto, que la hizo sentirse pequeña delante de Iván. Parecía observar cada detalle de ella, juzgando su mirada, su cuerpo. Pensó que no podía ser, y volvió a preguntarle la hora para romper esa incómoda situación.

Ahora sí, parece que recobró el sentido y le contestó. Tras darle las gracias, Paula siguió su camino, moviendo sus caderas en un sereno contoneo.

Aquella noche ella también tardó en dormir. Su corazón se aceleraba cuando pensaba en aquel tropiezo, en como él la había mirado y como la había hecho sentir. Era un hombre más mayor que ella, pero parecía tan responsable y seguro...

Al pasar los días, lo descubrió de nuevo escondido tras la parada de los autobuses. Le hizo gracia sentir su mirada clavada en ella. Disimuló y continuó adelante por la calle. Pero al día siguiente, volvía a estar allí. ¿Espiándola? Ella trataba de no mirar hacia el lugar desde donde Iván seguía sus pasos, y quizás ese pequeño juego fue el que la hacía sentir feliz. Cada mañana al salir de la casa de su “señora”, se daba prisa en llegar a aquella calle, para poder percibir su cercanía. Reconocía que esperaba que, en algún momento, él saliera de su escondite, y le dijera algo, un “buenos días”, o “cómo te llamas”, pero parecía que no tenía ninguna intención. Y ella ya se conformaba al ser observada.


El lienzo avanzaba a medida que la locura de Iván crecía. Quería plasmar ese rostro virginal que tanto le había atraído. Sus continuas incursiones a la misma calle todas las mañanas, escondiéndose y escrutando cada rasgo de la joven le hacían ver los detalles en cada rincón que pisaba, en cada espejo que miraba, y allí, en el lienzo de su cuarto, poco a poco, su obra iba formándose. Trazos delicados para encontrar la dulzura de la joven, colores claros para mostrar cada expresión de sus facciones, la profundidad de su mirada contrastada con la lejanía de las demás personas que paseaban por la misma calle.

Paula estaba enamorada, trastornada, todas las noches soñaba que él le hablaba, que le confesaba su amor, que la hacía levantarse del suelo y volar. Estaba segura, completamente segura, que ese hombre, al que le había pedido la hora sentía lo mismo por ella. Sino... ¿Qué cosas podían justificar ese distracción tan temprana? Ella esperaba que le hablara, que se decidiera a decirle cualquier cosa, una palabra, un acercamiento, algo que le indicara que realmente no se equivocaba, que estaban hechos el uno para el otro.

Cierto día él desapareció. No estaba escondido entre el gentío de los que esperan la guagua, ni lo había visto irse doblando la esquina. No le dio importancia, pensó que tal vez se había retrasado. Pero la mañana siguiente fue igual. Y ella comenzó a temblar, pensando que ya no volvería a verlo. Su fresca lozanía comenzaba a desaparecer, se sentía flor marchita que se escapa en el viento, mecida como una marioneta de tristes hilos, sin poder cobrar vida en sí misma.

Iván movía sus manos en movimientos febriles haciendo estallar los colores sobre la tela de manera exquisita, pintaba hasta quedarse sin aliento, gritaba a la imagen nacida en el cuadro, reclamando todo su lucimiento, hasta que una sonrisa nacía en su boca, feliz por la evolución del cuadro, por haber conseguido descubrir el brillo de aquella nereida de sus sueños, de aquella blanca mujer de aspecto puro, de aquella imagen bella que parecía contemplarle desde el lienzo, otrora blanco.

La “señora” llamó al médico, preocupada por la grave expresión del rostro de su sirvienta. Se diagnosticó que Paula estaba enferma de amor. Ella había dejado de hablar, de comer, y de dormir. Había dejado de existir para ella misma, y por consiguiente, para los demás. En su cama, acompañada de una de las hijas de su “señora”, lloraba en silencio, mientras contemplaba por la ventana, como el sol iba adquiriendo tonos anaranjados, como culmino a la última pincelada del artista.

Justo cuando él dejó el pincel sobre el papel del suelo, y contempló su obra maestra, notó que cobraba vida, y ella le miraba tendiéndole los brazos, para acogerlo entre sí. En ese momento, Paula cerró los ojos.

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